Enchantra (Wicked Games, #2)(52)



—Joder —maldijo mientras su mirada la recorría de pies a cabeza.

Su sangre empezó a hervir cuando la lujuria se convirtió en un frenesí de necesidad. Por un momento pensó que moriría si él no empezaba a tocarla.

Murmuró otra maldición al ver su excitación empapando ya su ropa interior antes de encontrarse con sus ojos y declarar:

—Tenías razón.

—?Sobre qué en particular?

—No eres nada que haya visto antes —dijo bruscamente—. Eres espectacular.

Tarareó con satisfacción y vio cómo sus sombras empezaban a arrastrarse por su piel, acariciándola de un modo que la hizo desear complacerlas.

—Apóyate contra la pared —ordenó.

Ella hizo lo que él le pedía, apretando los hombros contra la fría superficie y haciendo que su carne se estremeciera de anticipación. Esperaba que él se acercara más, pero se quedó inmóvil.

—Abre las piernas —le dijo a continuación.

—Quítate los pantalones —replicó ella.

Las comisuras de sus labios se crisparon.

—Paciencia, “Problemas”. Tengo que asegurarme de satisfacer tu única petición.

Su mente estaba completamente en blanco sobre lo que él podría estar hablando. Para ser honesta, apenas podía recordar su propio nombre en ese momento.

—Hacer que te corras —le recordó—. Por eso vas a ense?arme cómo hacerlo primero.

Se le cortó la respiración.

—Tú guías, yo te sigo —le dijo.

Empezó por los pechos, deslizando las manos por la camisola para estrujarlos hasta que le dolieron. Observó con asombro cómo se separaban los labios de él cuando atrapó sus pezones entre los dedos índice y corazón, apretándolos a través del sedoso material y enviando una descarga de placer hasta sus entra?as. Se mojó aún más.

Sus manos se dirigieron entonces hacia su sexo, un dedo haciendo lentos círculos sobre el exterior de su ropa interior, arrancándole un gemido de satisfacción al conseguir por fin la fricción que tan desesperadamente necesitaba. Por un momento se olvidó por completo de Rowin, sus ojos se cerraron de éxtasis mientras continuaba con su ritmo constante y circular.

Estuvo a punto de llorar cuando el alivio empezó a recorrer su cuerpo. Durante un instante, el frenesí lujurioso de su mente se disipó, pero en el instante en que abrió los ojos y vio la dolorida expresión de necesidad en su rostro, la nube de deseo volvió con toda su fuerza.

—Ya está, te lo he ense?ado —le dijo mientras se acercaba a él, el latido acelerado de su corazón por haber sido interrumpida sólo la volvía más loca de deseo—. Ahora, tócame.

Sus sombras se extendieron para rodear sus mu?ecas, deteniendo sus manos antes de que pudiera tocarlo de nuevo.

—No.

Sus mejillas se calentaron.

—Tú no quieres...

—No importa lo que yo quiera. No voy a tocarte mientras tengamos esto en nuestro sistema —mantuvo.

—Tú... me enga?aste —se dio cuenta.

Le dirigió una mirada mordaz.

—Te corriste, exactamente cómo te prometí, ?no?

—No es lo mismo —resopló—. No lo entiendes, es como si todo mi cuerpo estuviera ardiendo...

—Te aseguro que lo entiendo, joder —gritó.

Puede que se le diera bien ocultar la emoción en su rostro, pero el tormento sin filtro en su voz era innegable.

—Está bien. Me iré —susurró.

Recogió el vestido del suelo antes de que ninguno de los dos perdiera la determinación, y luego se volvió invisible mientras atravesaba la pared y salía de la habitación.





Una vez que encontró un lugar donde vestirse -lo cual fue toda una odisea, ya que esta vez no contó con la ayuda de Ellin-, Genevieve pasó varias horas intentando eliminar la fruta de la pasión de su organismo bailando con todo el mundo en la planta baja. No perdía de vista a Rowin mientras un pretendiente tras otro la paseaba por la pista de baile. Una parte de ella esperaba que apareciera cada vez que alguien la tomaba en brazos, mientras que la otra, esperaba que fuera más fuerte que ella y se mantuviera alejado. Cuando lo perdió de vista, le resultó más fácil comprender lo ridícula que había sido en el piso de arriba. Lo furiosa que estaba con él por dejarla ser tan vulnerable cuando sabía que iba a contenerse.

Al final, estaba demasiado cansada para continuar y se retiró de la pista de baile. Se metió en un peque?o tocador situado en el extremo del balcón del segundo piso para refrescarse.

En algún momento, alguien llamó a la puerta, suplicando que le dejaran entrar. Para sorpresa de Genevieve, era el hombre cuya mano había mordido antes.

—Hola, princesa —sonrió—. Cedric. ?Me recuerdas?

El anillo de su dedo empezó a calentarse y ella hizo ademán de cerrarle la puerta en las narices. Pero él metió un pie en el hueco y entró a la fuerza. Cerró la puerta de una patada y cruzó los brazos sobre el pecho, mirándola. El anillo de Rowin estaba ardiendo.

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