Enchantra (Wicked Games, #2)(39)



—Es una lástima —dijo Genevieve mientras se disponía a apagar la última vela para poder arroparse en su propio lado de la cama—. La conexión emocional es mucho más difícil de fingir.





Por una vez, la pesadilla no empezó con fuego.

Genevieve estaba vestida de novia en medio de un lago helado. Hasta donde alcanzaba la vista, solo había oscuridad sobre ella y hielo bajo sus pies.

—?Te gustaría bailar? —dijo una voz grave desde detrás de ella.

Genevieve se sobresaltó y se giró hacia la voz; el crujido del hielo reverberó en el gélido claro. Por el rabillo del ojo juró ver una fisura que se arrastraba por la superficie helada, pero en cuanto lo vio, desapareció toda idea de peligro.

—Nunca tuvimos un primer baile en condiciones —dijo Rowin mientras le tendía la mano.

Sin vacilar, puso la palma de la mano en la suya y él la hizo girar para que bailara un vals sin esfuerzo sobre el hielo. Se acercó todo lo que pudo al calor de su cuerpo mientras él la hacía girar, y se sintió impresionada por su gracia. Cuando sus movimientos se ralentizaron, ella cerró los ojos y apoyó la cara en su hombro.

—Te agradezco que confíes en mí —le dijo, el rumor de su voz profunda vibrando contra su mejilla—. Sé que no puede ser fácil después de todo lo que pasó con Farrow.

Se puso rígida al oír el nombre de Farrow, pero por alguna razón no pudo apartarse. Cuando él volvió a hablar, algo en su mano izquierda empezó a calentarse de forma extra?a.

—Aunque deberías haber tenido más cuidado al entregar tu corazón —continuó.

Se dio cuenta de que era el anillo. Abrió los ojos y miró hacia donde tenía la mano. El horrible anillo de plata parecía calentarse diez grados más con cada palabra que él pronunciaba.

Cuando ella trató de retroceder, él volvió a acelerar el ritmo y la hizo girar.

—Rowin…

Pero cuando por fin dejó de girar, vio que no era Rowin en absoluto, y de repente el aire gélido que la rodeaba se volvió absolutamente abrasador. El hielo bajo sus pies empezó a resquebrajarse aún más, formando telara?as en todas direcciones mientras él la atraía hacia sí.

—Tú eres una de ellas, Genevieve —dijo Farrow mientras continuaban bailando—. Eres divertida, pero creer que yo, o cualquier otra persona de buena familia, nos casaríamos alguna vez con alguien como tú es simplemente delirante.

—Suéltame —le siseó, clavando los pies en su sitio mientras detenía su giro.

Intentó zafarse de su agarre, pero él no la soltó, riéndose mientras ella luchaba contra su agarre.

—?Suéltame! —volvió a gritar.

—Lo haré, en cuanto recupere lo que me prometiste —le dijo Farrow.

Y luego le hundió la mano en el pecho.

Un grito ahogado salió de su boca cuando él le arrancó el corazón del cuerpo y lo sostuvo entre los dos. La sangre roja y brillante empezó a brotar de su corsé mientras miraba boquiabierta el agujero que había hecho en su interior.

—?Por qué? Ni siquiera lo quieres —espetó ella mientras intentaba arrebatarle el órgano palpitante que tenía en la mano.

—Por supuesto que no. Pero tampoco dejaré que se lo des a nadie más —le dijo, y luego la apartó de un empujón.

Cayó hacia atrás, resbalando en el suelo y estrellándose contra el hielo mientras un grito furioso le salía de la garganta.





Genevieve se incorporó de golpe en la cama. Tenía el pecho agitado mientras intentaba recuperar el aliento de la pesadilla, las sienes resbaladizas de sudor mientras luchaba por apartar las sofocantes mantas enredadas alrededor de sus miembros. Miró a su alrededor en la oscuridad y se tomó un momento para recordar dónde estaba.

Miró hacia el lado de la cama de Rowin.

Estaba de espaldas a ella, lo más cerca posible del borde sin caerse. Tenía la cabeza cubierta por una de las almohadas, y ella se preguntó si inconscientemente había intentado tapar el ruido que ella hacía mientras dormía.

Al menos no se ha despertado, pensó.

No puede decirse lo mismo de Umbra.

Genevieve dio un respingo cuando por fin vio al zorro, totalmente despierto y sin pesta?ear desde donde seguía acurrucado.

Genevieve le dio la espalda al Familiar y se acomodó en la almohada, con las mantas aún metidas hasta la cintura mientras esperaba a que su cuerpo se enfriara.

Farrow se había equivocado en una cosa. Alguien se casó con ella. Pero no se había parecido en nada a la boda que ella había imaginado.

Cuando sintió que las comisuras de sus ojos se arrugaron, apretó los pu?os contra las sábanas y apretó los dientes hasta que evitó las lágrimas traidoras. No lloraría. Aquí no.

Tenía un juego del Demonio que jugar. Y esta vez, no se iría hasta ganar.



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