Enchantra (Wicked Games, #2)(37)



Miró a su alrededor. ?l tenía razón. Las faldas del vestido ocupaban la mitad del suelo a su alrededor, por no hablar de lo que entorpecían sus movimientos.

—No estoy segura de tener ningún camisón que sea apropiado para ponerme delante de ti —dijo finalmente.

Resopló.

—Lo que sea que tengas no será nada que no haya visto antes.

—Odio cuando la gente dice eso —le dijo—. Es algo que nunca has visto antes. A mí. Y soy espectacular.

Le dirigió una mirada de consideración, pero no hizo más comentarios.

Finalmente resopló.

—Bien. Desata las cintas, pero si se te ocurre poner las manos en otro sitio...

En un abrir y cerrar de ojos estaba justo delante de ella, tan cerca que podía sentir su calor en cada centímetro de la piel expuesta de su cuello y hombros.

—Dejemos una cosa clara —advirtió, los ojos oscureciéndose con cada palabra que pronunciaba—. No tengo ningún interés en ponerte las manos encima a menos que sea para protegerte de algún da?o o porque tú me lo hayas pedido. ?Entendido?

Desvió la mirada mientras emitía un gru?ido sin compromiso.

—Genevieve.

Ella resopló y volvió a mirarlo.

—Si vamos a ser socios en este juego juntos, eso significa que tenemos que confiar el uno en el otro —subrayó.

Inclinó la nariz hacia arriba.

—La confianza se gana. ?Y qué has hecho hasta ahora para ganártela? ?Forzarme a casarme contigo?

—Te dejé casarte conmigo como salvavidas para ayudarte a sobrevivir en este lugar —recordó—. Eso entra dentro de protegerte de cualquier da?o, como ya he dicho. En cuanto a lo último, lo dije y lo dije en serio. Lo que debería infundirte confianza por el mero hecho de que era la verdad absoluta, te gustara oírla o no. Nunca mentiré para no herir tus sentimientos.

—Qué romántico es mi marido —dijo Genevieve con tono dramático, pero odiaba admitir que no se equivocaba. La crueldad despreocupada de la sinceridad podía ser dura de oír, pero el hecho de que mantuviera sus palabras era, al menos, admirable.

—Podemos ganar esto —le dijo—. He ganado los últimos quince a?os consecutivos porque, aparte de Grave, mis hermanos se han cansado del juego. Ahora mismo creen que tú podrías ser finalmente la clave de su éxito para romper mi racha de victorias. No les des la razón.

—No pensaba darme la vuelta y morirme, si eso es lo que piensas —le dijo.

—Si te niegas a confiar en mí, eso es exactamente lo que estarías haciendo —juró—. A partir de ahora, todos tratarán de enfrentarnos, de aislar a uno de nosotros para entrar a matar. Nuestra confianza tiene que ser implícita. Estamos del lado del otro ante todo, aunque alguien sugiera lo contrario.

Genevieve comprendió por qué podía ser un pacto perjudicial para ellos.

—Por desgracia, la última vez que confié implícitamente en un hombre, me destrozó el corazón —le dijo Genevieve—. No tengo muchas ganas de volver a hacerlo.

—Este juego no va de corazones —le dijo Rowin, con un brillo de algo que ella no pudo leer en sus ojos ante su revelación—. De todos modos, nunca se puede confiar realmente en los corazones.

Le hizo un gesto para que se diera la vuelta, y su petición original volvió a ella. Su corsé. El corsé. Ella se apartó de él en silencio, dándole acceso a la parte trasera de su vestido.

Mientras empezaba a tirar lentamente de los nudos de los cordones de su cintura, continuó:

—Los corazones no se rigen por la lógica o la lealtad. Pueden traicionarte fácilmente.

Como para demostrarle lo contrario, el corazón le retumbó en el pecho cuando sus dedos rozaron la piel de su columna vertebral y le aflojaron el corsé.

—?Y tú no lo harás? —se preguntó ella, mirándolo por encima del hombro—. ?Traicionarme? ?Incluso si tu familia te lo pide?

?l la rodeó y levantó las manos entre los dos para quitarse uno de los muchos anillos que llevaba y mostrárselo en la palma izquierda. Ella se inclinó para ver mejor la gema de ónice incrustada en la gruesa banda de plata, y observó el singular dibujo arremolinado tallado en su superficie pulida. Un sello.

—Considéralo mi regalo de bodas —le dijo mientras le levantaba la mano izquierda y le colocaba suavemente el anillo en el dedo anular. Justo a su medida—. Intenté dártelo antes. Si alguien que quiera hacerte da?o está cerca, te avisará. Cuanto más calor haga, más cerca estará.

Como el juego “frío y caliente” al que solíamos jugar Ophie y yo.

—En este momento está helada —observó mientras miraba la brillante piedra negra.

Se le levantó una comisura de los labios.

—Precisamente.

—Normalmente nunca diría que no a un hombre que me regala joyas —se?aló el anillo—, pero este es... feo.

—No está hecho para estar a la moda. —Miró al techo exasperado—. Pretende ser útil. Te ofrezco una prueba innegable de mis intenciones y ?te preocupa que no sea de tu gusto?

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