Enchantra (Wicked Games, #2)(67)
—Te estás frenando, amiga —se burló Grave—. ?Lista para rendirte?
—Bien —gimoteó dramáticamente, aunque la cabeza le latía de verdad por el golpe—. Pero... lo menos que podrías hacer es dejarme respirar el tiempo suficiente para darte un mensaje para mi familia.
?l no protestó por la petición, simplemente le soltó el cuello para que ella pudiera aspirar hondo.
Cuando se recuperó lo suficiente, lo miró, con la barbilla levantada, y declaró:
—Me gustaría que supieran que los quiero. Ophelia quemará mis diarios inmediatamente. Y quiero que me entierren con algo rosa, abrazada al se?or Daisy.
Grave enarcó una ceja al oír esto último, aunque su expresión permaneció tensa.
—El peluche de mi infancia —explicó—. Un osito de peluche con una margarita en la oreja.
En realidad, el Se?or Daisy había encontrado su prematuro final cuando ella tenía diez a?os y lo arrojó al río Misisipi para darse un ba?o. Descanse en paz.
Grave inclinó la barbilla en se?al de reconocimiento y luego dijo:
—Quizá quieras cerrar los ojos.
Sacudió la cabeza.
Había un destello de respeto en su mirada cuando se encogió de hombros.
—Como quieras.
Levantó la daga. Ella se preparó. Y cuando el pu?al cayó, ella se sacudió hacia la izquierda tan fuerte como pudo. La daga la atravesó, justo debajo de la clavícula derecha, y salió por su espalda. Clavándola en el estante de madera maciza.
Soltó un grito desgarrado de dolor mientras la sangre de color rojo brillante se derramaba por la parte delantera de su vestido, su garganta se volvía ronca por las lágrimas mientras Grave intentaba arrancar la Daga de la madera. Sin embargo, su fuerza había sido excesiva, porque se encontró luchando por recuperar la Daga de donde ahora estaba clavada en la moldura.
—Tienes que estar de broma —gru?ó.
Su visión se volvía borrosa.
—?Quién se inventa un peluche llamado Se?or Daisy? —Gru?ó cuando por fin consiguió hacer suficiente palanca con el cuchillo para arrancárselo.
—El Se?or Daisy era muy real —balbuceó mientras empezaba a desplomarse hacia el suelo. Sentía que le ardía todo el cuerpo.
Grave se preparó para atacar una vez más.
—Intentémoslo por última vez.
Sin embargo, cuando bajó la Hoja, Genevieve desapareció por completo. Y también lo hizo la Daga de la Caza en la mano de Grave.
Su pu?o la atravesó inofensivamente.
Lo había conseguido. Seis minutos.
Genevieve se aferró a la magia que había recuperado el tiempo suficiente para pasar junto a él, y luego volvió a solidificarse. Antes de que cayera al suelo, Rowin la recogió y la acunó contra su pecho. Parecía que sus heridas se habían curado por completo en los últimos minutos.
—Debe de ser agradable —susurró, pero las palabras le salieron confusas e incoherentes.
Se oyó un estruendo en algún lugar detrás de ella y una larga retahíla de maldiciones que supuso que procedían de Grave, pero estaba demasiado débil para seguir manteniendo los ojos abiertos.
—Duerme —murmuró en el cuello de Rowin. Era la única forma de curar esas heridas. Si es que podía.
—Todavía no —ordenó.
Como de costumbre, ella no escuchó.
—?Por qué? —suplicó—. ?Por qué?
—Eres una criatura del infierno —le dijo Farrow—. Y mereces arder como tal.
Cuando Genevieve se despertó, no olía a humo, sino a menta. Se incorporó de golpe en la cama y su corazón retumbó mientras miraba a su alrededor, intentando averiguar dónde estaba, qué había ocurrido...
—Cuidado.
Al oír su voz irritada, se centró en Rowin, de pie junto al sillón del rincón, con Umbra saltando de su regazo mientras se acercaba a los pies de la cama y cruzaba los brazos sobre el pecho. Su pecho desnudo. Unas mariposas inoportunas estallaron en su estómago.
Genevieve no estaba segura de qué era más sexy: sus abdominales perfectamente esculpidos, los tatuajes que se arremolinaban en su piel y que desaparecían por debajo de la cintura de sus pantalones, o los aros dorados que le atravesaban los pezones y el ombligo.
Se dio cuenta de que quería morderle otra vez. Mucho.
—?Qué ha pasado? —preguntó con la voz ronca.
—Lo que pasó es que casi te mueres, joder —dijo, con tono cortante—. Tuve que sobornar a Ellin para que te curara.
—?Con qué la sobornaste? —Se tocó las sienes palpitantes—. ?Y por qué te quejas? Sobreviví a la primera ronda, ?no? ?No deberíamos estar celebrándolo?
Se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—Vístete. Nos estamos perdiendo la cena.
Entonces se dio cuenta de que lo único que llevaba puesto era una camisa negra abotonada que le quedaba mal.