Enchantra (Wicked Games, #2)(116)



Genevieve estaba decidida a no romper antes su silencio.

Duró una hora.

—?Quieres decir algo de una puta vez? —le espetó, levantándose del sofá para bloquearle el paso.

Eso fue todo. Se dirigió hacia ella con tal determinación que ella tropezó con los pies para retroceder.

—Cualquier otro —le dijo—. Cualquier otra puta persona en el mundo podría haber abierto esa puta carta y tenías que ser tú.

Al principio pensó que las palabras las había dicho con furia, pero cuando levantó la vista para mirarlo a los ojos, vio que estaban llenos de dolor.

—Sólo dímelo, Rowin —suplicó—. No me hagas llamarte cobarde otra vez...

—Knox me ofreció un trato.

Ahora sentía que la sangre se le escurría de la cara. Lo sabía. Lo sabía.

—Wells me advirtió que Knox buscaba una forma de eliminarte de la Caza. Y que debía considerar cuidadosamente su oferta. Knox me pidió que te vendiera a cambio de...

—?Para qué? —preguntó.

—Por mi libertad —le dijo, abriendo los ojos para clavar su mirada dorada en la de ella—. No puede matarte él mismo mientras estés dentro de la Caza. Tiene que ser uno de nosotros.

Contuvo la respiración.

—Lo rechacé, Genevieve —murmuró—. Nunca... nunca podría...

Los ojos de Genevieve se llenaron de lágrimas. Porque, aunque ésas eran las palabras que quería oírle decir, ahora se daba cuenta de a qué había renunciado exactamente.

—Apenas me conoces, Rowin —se obligó a decir—. Te ofreció la libertad eterna y...

Sacudió la cabeza.

—Nada es eterno. Excepto el hecho de que me has arruinado. Todo lo que siempre he querido era liberarme de este miserable juego, y no dudé ni un segundo en renunciar a ello.

—?Por qué no me lo dijiste? Prometiste que ibas a...

—Porque intentaba protegerte. ?No te das cuenta? Estoy convencido de que fuiste hecha por el mismísimo Rey de los Demonios para torturarme por mis pecados.

—Eres un bastardo egocéntrico. —Ella se burló de su presunción y le clavó un dedo en el pecho—. Merezco ser el centro de mi propia historia. No estoy hecha para ti.

—Verdad, verdad, mentira —le dijo.

El corazón le dio un vuelco.

Eres un bastardo egocéntrico. La verdad. Merezco ser el centro de mi propia historia. Verdad. No estoy hecho para ti. Mentira.

—No estoy hecha para ti —repitió, aunque esta vez fue mucho menos convincente.

—Entonces tal vez estoy hecho para ti —imploró, como si estuviera enfadado por ese hecho—. ?Cómo si no has conseguido meterte tan profundamente en mi piel en tan poco tiempo? ?Por qué cada vez que intento imaginar cómo sería romper nuestros votos, siento como si la Daga de la Caza me atravesara el corazón? Quince a?os he vivido para los demás a mi alrededor. Me he marchitado en este maldito lugar. Hasta que apareciste y me hiciste reír. Me diste esperanza.

Genevieve quiso decirle que era ridículo pensar que estaba hecho para ella. Pero entonces recordó que él había estado esperando aquí, en el mismo lugar exacto, a que ella apareciera en su puerta. Recordó cómo se sentía su cuerpo dentro del suyo, el éxtasis al que él podía llevarla y que nadie más había conseguido jamás. Sus cicatrices comunes. Su comprensión mutua. Sus votos.

Mi alma es tu alma. Mi sangre es tu sangre. Eternamente.

—Las sombras sólo pueden verse en presencia de la luz —le dijo, las palabras agónicas—. Me preocupa que cuando te vayas no quede nadie para verme.

No estaba segura de cuál de ellos se movió primero.





40


  Abrasador





Si antes le preocupaba la hipotermia, ahora ya no. Mientras Rowin le desabrochaba el corsé con pericia y le quitaba el vestido, él intensificó su beso, abrasándola de deseo desde el interior. Ella ara?ó los botones de su camisa, antes de arrancárselos y hacerlos volar por la habitación mientras él resoplaba riéndose de su fervor.

Cuando a ninguno de los dos le quedaba ni una puntada de ropa, se agachó para deslizar las manos por debajo de los muslos de ella y la levantó para que pudiera rodearle la cintura con las piernas. Los acercó a un lado del sofá y la recostó en el reposabrazos mientras él se arrodillaba hasta el suelo.

—Levanta —le exigió mientras le agarraba las caderas.

Ella lo hizo, y él tiró de ella hacia delante hasta que se encaramó al borde, con las rodillas abiertas para que su boca accediera a su interior. No se molestó en hacer ningún preámbulo, se limitó a enterrarle la cara entre las piernas, lamiéndole el clítoris hasta que quedó empapada y levantó una mano para deslizar dos dedos, con anillos y todo, en su interior. Curvó los dedos mientras los metía y sacaba, sin dejar de lamerla con la lengua como un hombre hambriento.

—Eres mi puto sabor favorito —murmuró contra ella mientras sus caricias se volvían más perezosas, tortuosas—. Diablos, podría quedarme aquí para siempre.

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