Enchantra (Wicked Games, #2)(111)







Casi una hora después, Sevin se había dormido y Rowin seguía sin aparecer.

Knox parpadeó en la habitación.

—Vamos, chica, es hora de ir al trovero —ordenó el Diablo, con un deje de frustración en el tono.

—No puedo dejarlo sin más —dijo.

—Está bien —dijo Sevin, con los ojos abiertos—. Elige algo divertido.

Ella sonrió y le dio una palmadita en la mano antes de levantarse y seguir a Knox fuera de la habitación. ?l la condujo por el corredor de piedra, a través de un vestíbulo, agachando la cabeza para entrar por un arco bajo en la esquina.

Cuando Genevieve se acercó al pasadizo, vio que la abertura conducía a una estrecha escalera de caracol. Recogió la parte delantera de su vestido y empezó a seguir a Knox por los pelda?os. Cuando llegaron arriba, encontró una peque?a habitación redonda con un espejo ornamentado apoyado en la pared del fondo. Su marco era una intrincada obra de arte, tallada con enredaderas y serpientes retorcidas, ramas de frutas y flores. Cuando se detuvo ante él, la superficie comenzó a ondularse como el agua.

—Antes de continuar —dijo Knox—, tendrás que aceptar un peque?o trato.

Genevieve apartó los ojos del espejo para encontrarse con la mirada del Diablo.

—?Cuántas veces debo decirte que no haré ningún trato contigo?

—Por favor, preciosa. Esto es una mera formalidad. Una que todos los demás han aceptado en el pasado. Te concedo una bendición de mi colección. Una elección libre. Todo lo que pido a cambio es que aceptes perder toda memoria del tiempo que pases dentro del tesoro. Sólo recordarás el objeto que elijas como recompensa. Es una cuestión de seguridad. Seguro que te imaginas que no quiero que todas mis pertenencias sean de dominio público. Hay algunos seres notablemente codiciosos e inteligentes en este Círculo del Infierno, y se les podría ocurrir tomar lo que es mío.

—?Así que no recordaré específicamente mi tiempo dentro del tesoro? ?Sólo el objeto que decida tomar? ?Eso es todo?

—Sí.

Genevieve daba vueltas a sus palabras en su mente, una y otra vez, mientras hacía girar el sello en su dedo. El brazalete era un recordatorio constante y abrasador de con quién estaba tratando exactamente.

Si hubiera tenido esto cuando conocí a Farrow.

—Bien. Estoy de acuerdo. Veamos lo que tienes.

Knox sonrió y atravesó la superficie reflectante.

Genevieve se zambulló en el portal tras él.





—Bienvenida a mi tesoro escondido —le dijo Knox mientras paseaba el brazo por la reluciente habitación que les rodeaba.

Dondequiera que mirara Genevieve había algo magnífico. Joyas, pociones de colores, muebles de plata y oro, artefactos mágicos para los que ni siquiera tenía nombre.

—?Puedo elegir cualquier cosa? —le preguntó.

—Cualquiera, sí —confirmó.

Genevieve contuvo la respiración al ver a Knox adentrarse en la sala. Se arrastró detrás de él mientras seguía un estrecho camino entre los montones de tesoros. Intentó ver tantos artefactos y joyas como pudo, con la esperanza de que algo le llamara la atención. Había dagas talladas en huesos y pociones aleatorias. Brújulas que ni siquiera parecían funcionar y dados mágicos. Mu?ecas hechas de cabello y libros cerrados con idiomas en la portada que no podía leer.

—?Qué es lo que desea tu corazón? —le preguntó Knox—. ?Quizá un reloj de bolsillo que te permita viajar diez minutos atrás en el tiempo a costa de memoria por cada uso?

Mientras hablaba, el objeto que describía parpadeó en su mano. Luego lo tiró a un lado y siguió caminando entre el desorden. Cuando se dispuso a seguirlo, la puntera de su zapato chocó accidentalmente con una chuchería y la hizo volar por el suelo; miró hacia abajo para ver dónde había caído. Y se quedó paralizada.

Era un peque?o medallón dorado con una joya negra en la parte delantera. Un Candado del Alma. Tal vez incluso el que había visto llevar a Barrington en la fotografía.

Se agachó para recoger el collar del suelo y extendió la cadena ante ella, preguntándose qué almas podría contener.

—Ophie y yo podríamos coincidir —pensó un poco triste. Cuánto tiempo había deseado tener un medallón así?

Genevieve se levantó y colocó el medallón sobre uno de los montones.

—Se?ora Silver, venga aquí.

Corrió por el sendero hasta donde la esperaba Knox.

—Tengo monederos que nunca pueden vaciarse, pociones que otorgan fuerza y belleza de otro mundo, flechas encantadas para no errar nunca el blanco —ofreció, mientras cada artefacto saltaba en el aire entre ellos—. ?O una poción capaz de borrar a una persona de tu mente y a ti de la suya?

A Genevieve se le cortó la respiración cuando se fijó en el frasco de líquido rojo brillante.

El Diablo sonrió.

—Ah, ?hay alguien a quien desees olvidar, preciosa?

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