Enchantra (Wicked Games, #2)(32)



—Yo, Rowington Silver, sello mi destino con el tuyo —recitó Rowin, su mirada ambarina fijándose en la de Genevieve y manteniéndose firme mientras enunciaba cada palabra con claridad.

—Mi alma es tu alma. Mi corazón es tu corazón. Mi sangre es tu sangre. Eternamente —terminó Barrington.

—Mi alma es tu alma. Mi corazón es tu corazón. Mi sangre es tu sangre. Eternamente —le dijo Rowin.

No eran votos terribles sobre el papel. Pero Genevieve sintió que se le revolvía el estómago.

—Ahora, Genevieve —dijo Barrington—. Yo, Genevieve Grimm, sello mi destino con el tuyo.

Genevieve abrió la boca, intentó pronunciar las palabras, pero la lengua no le funcionaba. Por lo que sabía, podría estar atándose a una pesadilla peor que Farrow. Por no mencionar que la palabra eternamente era aterradora. Nunca se había entretenido con nada a largo plazo.

—Genevieve —le dijo Barrington con suavidad, sacándola de sus pensamientos.

Rowin se mantuvo en silencio.

Genevieve tragó saliva unas cuantas veces, intentó concentrarse en la mordedura del aire invernal, en la forma en que le hacía picadillo el cuerpo. La forma en que la entumecía. Podría superarlo. Podía jugar a su juego.

Rowin se inclinó entonces para susurrarle al oído, como si pudiera saber exactamente lo que estaba pensando.

—No te dejes llevar por la parte eterna. Nada es realmente eterno. Ni siquiera cuando deseas que lo sea.

Entonces, Genevieve susurró:

—Yo, Genevieve Grimm, sello mi destino con el tuyo.

Rowin inclinó la barbilla en se?al de ánimo.

—Mi alma es tu alma. Mi corazón es tu corazón. Mi sangre es tu sangre. Eternamente —dijo Barrington.

Repitió como un loro las palabras, haciendo que su tono fuera lo más animado posible.

—?Y ambos prometen protegerse el uno al otro, elegir el uno al otro, en la salud y en la enfermedad, en la luz y en la oscuridad? —Barrington continuó.

—Sí quiero —dijo Rowin, las palabras altas y claras.

—Sí, quiero —aceptó Genevieve antes de perder los nervios.

La sonrisa de Barrington fue todo lo sincera que podía ser dadas las circunstancias cuando alzó la voz y declaró:

—Los declaro marido y mujer. —Desvió la mirada hacia su hijo—. Ya puedes besar a tu novia.

Barrington se apartó entonces, asegurándose de que lo único que Genevieve tenía a la vista era Rowin. Su marido.

Y entonces lo sintió. Los pesados ojos de un Diablo.

Knox había llegado.

Su cuerpo se puso rígido por el nerviosismo mientras intentaba apartar la mirada de Rowin, para buscar dónde podría estar el Diablo, pero Rowin le dio un apretón en la mano como diciéndole que se concentrara.

Tenía la sensación de que Knox la miraba desde todos los ángulos, pero cuando Rowin alargó la mano para pasarle un dedo por debajo de la barbilla y acercarle la cara hasta que sus narices casi se tocaron, ese detalle se desvaneció en su mente.

Lentamente le rodeó la cintura con un brazo y arrastró su cuerpo contra el suyo.

—?Lista?

No lo estaba, pero asintió de todos modos.

—Respira hondo —dijo.

Ella escuchó cómo él se acercaba e inclinaba la cara hacia abajo, sus narices se tocaban ligeramente y el resto del mundo desaparecía.

Y entonces su boca estaba sobre la de ella.

Para no ser un beso fruto de la lujuria, fue muy intenso. Todos sus pensamientos desaparecieron de su cabeza cuando el calor de sus labios la abrasó por dentro. Sintió que él le hundía la mano libre en el cabello, enredándola entre sus mechones recogidos para inclinarle la cara en el ángulo exacto que deseaba. Cada movimiento que hacía era seguro, confiado, y cuando separó suavemente los labios para profundizar el beso, ella no dudó en hacer lo mismo. El sabor de él le llenó la boca cuando la inclinó ligeramente hacia atrás. Instintivamente, alargó la mano para agarrarse a sus bíceps, aunque en realidad no era necesario.

Cuando el sonido de un silbido sonó desde algún lugar en la distancia, justo cuando ella iba a pasar la punta de su lengua contra el aro de su labio, Rowin se alejó de repente.

Emitió un sonido involuntario de decepción al abrir los ojos, con la respiración entrecortada, mientras buscaba en su rostro lo que le ocurría. Y entonces recordó dónde estaban. Lo que estaban haciendo. Se pasó una mano por el cabello, avergonzada por haberse dejado llevar tanto. ?l, en cambio, llevaba su habitual máscara de inescrutable compostura.

Esta vez fue demasiado.

—?Cómo lo haces? —Quería gritar—. ?Fingir que nada de esto te afecta?

Alguien apareció a su izquierda: Barrington.

—Lo único que necesito ahora son sus firmas —les dijo Barrington mientras les tendía un grueso trozo de pergamino amarillento.

En la parte superior del papel se leía Certificado de matrimonio en reluciente dorado. Los nombres de ambos estaban impresos bajo dos líneas en blanco en el centro, y en la parte inferior había dos firmas ya garabateadas en tinta negra. Sevington Silver y Ellington Silver. Sus testigos.

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