Enchantra (Wicked Games, #2)(10)



—Sabes exactamente dónde está mi invitación —lo acusó, apuntándolo con un dedo a la cara.

No dijo nada, y cuando ella golpeó el pie con impaciencia, sus ojos siguieron el movimiento y el brillo en ellos se transformó en algo parecido a la diversión. Aunque el fuerte apretón de su mandíbula podría decir lo contrario.

—Entonces, ?cómo funciona? —Apoyó una mano en la cadera—. El zorro. ?Es algún tipo de ilusión mágica? ?Una mascota entrenada? ?O eras tú? ?Posees algún tipo de habilidad para cambiar de forma? ?Qué eres exactamente?

Porque, Nigromante o no, era indudablemente algo. Y aunque aparentaba tener sólo cinco o seis a?os más que ella, su sola presencia la hizo preguntarse si la juventud de su apariencia era enga?osa.

—?Qué eres? —replicó—. Aparte de problemas, quiero decir. ?Cómo demonios conseguiste pasar los refuerzos de la puerta por segunda vez?

—?Ajá! —exclamó, inundada de satisfacción—. Me devolviste al otro lado después de que me desmayara. ?No ibas a asegurarte de que me despertara? ?De que no estaba muerta?

—No me habría importado que lo estuvieras —le dijo, con una mirada de aburrimiento posándose en sus peculiares ojos dorados.

—Eres un auténtico canalla —comentó arrugando la nariz—. Tu actitud es horrible.

La sonrisa que se dibujó en sus labios ante su insulto era peligrosa.

Se inclinó hasta que sus ojos quedaron a la altura de los de ella y sus narices casi se tocaron.

—?No quieres lidiar con mi actitud? Vete.

Ella cerró las manos en pu?os.

—No. Ya te lo he dicho. No me iré hasta que hable con el se?or Silver. Y menos aún hasta que sepa que me han quitado el maleficio. ?Sabes lo que es que te sigan cientos de pájaros chillones allá donde vayas?

Su expresión se volvió burlona.

—?Igual de agradable que esta conversación?

—Me invitaron aquí, y lo sabes —mantuvo ella como si él no hubiera hablado.

—Creo que alguien llamada Tessie fue invitada. Y pidió específicamente llegar antes de la víspera del equinoccio según dicha invitación —replicó—. Ese plazo ha pasado, y usted dijo que su nombre era Juniper…

—Genevieve —corrigió.

—Por lo tanto, la invitación no se aplica a ti en absoluto. Te lo advierto por última vez: vete.

El portazo en su cara fue menos inesperado esta vez.

Permaneció allí durante un largo minuto, tratando de decidir si quería arriesgarse a abandonar los terrenos sin la confirmación de que su peque?o problema del maleficio se había resuelto simplemente viniendo aquí. Pero el desconocido había cometido el error de despertar su curiosidad -y su testarudez-y se encontró mucho más interesada en averiguar qué era lo que estaba tan empe?ado en impedir que descubriera dentro de la casa. Por no hablar de que no estaba segura de poder vivir con la idea de dejarle creer que había ganado.

—Merezco encontrar a otros como yo —se recordó a sí misma—. Si encuentro a Barrington y le ense?o la fotografía, seguro que él también querrá eso para mí.

Además, ?qué era peor? ?Estar tan cerca de todo lo que había deseado durante tanto tiempo y marcharse como una cobarde o tener que lidiar con otro hombre insufrible?

—Esos son una docena de monedas de diez centavos —pensó.

Tras recoger su equipaje, se transformó en su forma no corpórea y atravesó la puerta antes de pensárselo dos veces. Cuando se solidificó al otro lado y dejó caer sus baúles sobre el suelo gris y blanco del vestíbulo, esperaba encontrar al extra?o hostil todavía merodeando por allí. Pero no había nada más que un silencio ominoso.





5




Espectro


El vestíbulo era imponente, de esa clase de grandeza que solo logran quienes tienen más dinero del que saben gastar. El techo era un mosaico del cielo nocturno, con incrustaciones de lo que ella suponía que eran diamantes por el brillo de las estrellas. Las mitades superiores de cada pared estaban cubiertas de murales en tonos verde esmeralda de la campi?a italiana. Los detalles brillantes de las láminas resaltaban los trazos de las nubes arremolinadas y los árboles en flor. Las mitades inferiores estaban adornadas con las molduras más intrincadas que jamás había visto, pintadas de un intenso azul noche.

Sin embargo, la estrella de la escena era la lámpara de ara?a. Seis hileras de cristales en forma de pera esparcían motas de luz arco iris por la habitación. En los opulentos apliques que colgaban cada metro y medio a lo largo de las paredes había velas. Y cada centímetro de la habitación estaba cubierto de polvo.

Opulencia decadente. Qué desperdicio.

Al otro lado del vestíbulo había unas enormes puertas de madera encajadas entre dos pilares de mármol. A su izquierda había un pasillo que parecía conducir a la parte principal de la villa, con ventanas que se extendían a lo largo de su pared frontal para permitir que la luz natural -o, en el caso presente, la penumbra de la tormenta de nieve-inundara entre las ricas cortinas de color ciruela. A lo largo de todas las paredes había grandes marcos rectangulares cubiertos con telas de color gris, y Genevieve no pudo evitar acercarse a una de las piezas ocultas, preguntándose por qué alguien cubriría tanto arte. Pero cuando apartó la gruesa tela, vio que no era arte en absoluto, sino un espejo plateado.

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