Enchantra (Wicked Games, #2)(7)
—Mmm —tarareó satisfecha.
Escogió otra. Y otra.
Las moras eran tan deliciosas que al principio no se dio cuenta del cambio que se estaba produciendo a su alrededor. Cuando volvió a enfocar la vista, la última baya que había agarrado cayó al suelo de su mano laxa mientras el velo mágico que había visto ondear en el aire se alzaba por fin más allá de las puertas.
Frente a ella se extendía un intrincado laberinto de setos, cuyas frondosas paredes verdes eran demasiado altas para que pudiera ver lo que escondía en su centro. Pero ni siquiera el imponente laberinto podía ocultar la resplandeciente villa plateada que tenía delante. Dos estructuras cuadradas que parecían torres enmarcaban la fachada delantera y se elevaban tanto hacia el cielo sombrío que casi besaban las nubes. Todo el exterior de piedra tenía incrustaciones de perlas de plata y estaba cubierto por las mismas enredaderas trepadoras y espinosas que la puerta. Pudo ver que el camino de entrada continuaba más allá de la entrada cerrada, bifurcándose antes de llegar al laberinto de setos y dando vueltas a ambos lados de la finca. Y todo estaba cubierto de polvo blanco intacto.
?Nieve? Qué raro...
Se acercó más a los barrotes como si eso fuera a aclararle la vista, confirmando que no estaba alucinando con las ráfagas de hielo que cubrían todo lo que había más allá de las puertas. La valla plateada rodeaba todo el perímetro hasta donde alcanzaba la vista, pero con el tama?o del terreno y los ojos de una simple mortal, no podía saber con exactitud hasta dónde se extendía la propiedad.
—Supongo que tendré que ir a verlo por mí misma —dijo, pero antes de invocar su magia, dudó.
Se preguntó si esta decisión sería tan irrevocable como otras que había tomado. Una vez que traspasara las puertas, sabía que lo que encontrara podría cambiarla, y ya había cambiado mucho en el último a?o. Su reflejo en el espejo no era la chica ingenua que solía ser.
Sin embargo, todos esos cambios eran precisamente los que la habían llevado ahora a Enchantra. Había algo más esperándola más allá de los barrotes, la respuesta a una necesidad que tenía desde hacía mucho tiempo. Una historia que esperaba que la ayudara a entender por qué su madre nunca había sido capaz de darle lo que necesitaba. Una compa?ía que podría hacerla sentir que había algún lugar en el que podría encajar fuera de la Mansión Grimm.
Squawk.
Genevieve se enderezó y miró fijamente al cuervo, luego dejó que su magia se calentara en sus venas mientras se convertía en no corpórea el tiempo suficiente para deslizarse a través de los barrotes. Una vez que salió de la verja y volvió a ser sólida, caminó por el resto del camino de entrada, siguiendo la bifurcación hacia la derecha para evitar el laberinto podado que tenía delante.
Un momento después, la extra?a sensación de sentirse observada volvió a invadirla. Hizo una pausa.
—?Hola? —llamó, asomándose entre los espesos arbustos.
Cuando se oyó un breve crujido entre los setos, aspiró con fuerza. Una forma obscura saltó de repente del muro de vegetación, y Geneviève soltó un grito de sorpresa al tropezar hacia atrás, enredándose con sus faldas y apenas sosteniéndose antes de estrellarse contra el suelo.
Cuando se enderezó, su mirada chocó con unos ojos ámbar brillantes. Un zorro negro.
La criatura inclinó la cabeza hacia ella mientras se colocaba en una posición demasiado consciente de sí misma, sentada con las patas delanteras cuidadosamente cruzadas en el suelo. Como si esperara una explicación de por qué estaba invadiendo su territorio.
—Me invitaron —insistió Genevieve al zorro a pesar de lo ridículo que le parecía—. Mira, tengo una invitación...
La criatura negra se abalanzó sobre ella y le arrebató el papel antes de volver a sumergirse en el laberinto.
—?Eh! —gritó mientras le daba un manotazo en la esponjosa punta de la cola, pero el animal se zafó de sus garras y desapareció—. ?Me estás tomando el pelo?
Instintivamente, pasó a su estado invisible y se sumergió en la vegetación tras él. Al otro lado del seto, se encontró en uno de los muchos pasillos serpenteantes del laberinto, mientras el zorro se alejaba a su derecha. Se levantó las faldas y corrió tras él.
Afortunadamente para ella, a medida que el bicho se adentraba en el laberinto, empezó a aminorar el paso, creyéndose a salvo. Desgraciadamente para ella, su invisibilidad le facilitaba acercarse sigilosamente por detrás.
Cuando se hizo sólida, agarró al zorro por el pescuezo y lo dejó retorcerse violentamente en sus garras mientras intentaba arrancarle el sobre negro de las fauces con la mano libre. El zorro cerró la mandíbula con más fuerza.
Chasqueó la lengua a la criatura.
—?Suéltala!
El zorro emitió un sonido grave y quejumbroso en su garganta mientras sus sagaces ojos dorados la miraban de una forma demasiado humana.
—?No me gru?as! Tú eres la amenaza aquí —le reprendió mientras seguía tirando de la invitación—. Si no la sueltas, tendré que...