Enchantra (Wicked Games, #2)(5)
—?Lo intento! —quería gritarles.
Apartó la mirada de las criaturas y se aclaró la garganta para recuperar la atención de Morello, asegurándose de que sus siguientes palabras destilaran el tipo de dulce acento sure?o que siempre parecía hipnotizar a los objetivos en los que se fijaba.
—Prometo dar una buena propina —le dijo—. Probablemente sea un poco más lejos de lo que estás acostumbrado a conducir, pero significaría mucho para mí si pudieras complacerme.
Los ojos color avellana de él se abrieron de par en par ante la expresión suplicante de su rostro, y ella supo que estaba a punto de salirse con la suya.
Con una enérgica inclinación de cabeza, se agachó para recoger sus maletas. Le echó un vistazo a la mano, buscando claramente un anillo, mientras decía:
—?No hay problema, se?orita...?
—Grimm —proporcionó.
—Se?orita Grimm —asintió—. Por aquí.
Pasaron casi tres horas hasta que el carruaje rodó por fin por el largo y sinuoso camino de entrada a la finca de Barrington Silver. Genevieve corrió la cortina de terciopelo que cubría la ventanilla del coche y se asomó al exterior para contemplar el romántico paisaje que se extendía a su alrededor. Los pájaros seguían volando justo delante, acompa?ándola a través de un cielo mucho más claro que el de la estación.
—Al menos ahora están tranquilos —pensó mientras su mirada volvía al horizonte.
Enclavado entre las ondulantes colinas del campo, el vi?edo se desplegaba como un lienzo del mejor arte de la naturaleza. Hileras e hileras de vides estacadas se extendían por los campos meticulosamente podados, y los árboles en flor a?adían salpicaduras de color en todas direcciones mientras el sol dorado peinaba sus ramas. A medida que el carruaje recorría el camino, apareció un enorme portón. Los arremolinados detalles de su metal plateado eran tan intrincados que casi ocultaban el nombre escrito en su ornamentado dise?o.
Enchantra.
El carruaje se detuvo y Morello la llamó con confundido. Cuando la puerta del carruaje se abrió un instante después, sus ojos estaban llenos de preocupación.
—Se?orita Grimm, me preocupa que sus instrucciones contengan un error.
Levantó una ceja.
—?Por qué?
Le hizo una se?a, ofreciéndole la mano para ayudarla a bajar del carruaje, con las botas crujiendo sobre la grava.
Un momento después, se encontraban ante la puerta plateada. Sus ojos recorrieron las enredaderas espinosas enredadas entre los barrotes de acero y se fijaron en las peculiares moras púrpuras que goteaban por los espacios entre ellos y ensuciaban el suelo a sus pies.
Volvió a sacar la invitación del bolsillo, mientras Morello la observaba embelesado, y, tal como había pensado, las vides y las moras eran exactamente las que estaban grabadas en el sello de cera.
—Este es sin duda el lugar adecuado —se confirmó a sí misma.
Morello miró del sobre a la finca más allá de las puertas.
—Pero...
Y tenía razón. Había absolutamente un pero.
Más allá de las puertas, hasta donde alcanzaba la vista, no había más que un extenso campo vacío.
3
Moras
—Puedo llevarla de vuelta a la ciudad —le aseguró Morello—. Sin cargo extra.
Genevieve siguió mirando a través de las puertas. Algo en la escena que tenía ante sí le ara?aba el fondo de la mente...
—?Se?orita Grimm? —Morello presionó.
Por un momento se preguntó si debía tomarlo como una se?al para aceptar su oferta y regresar a la estación. Y entonces algo más allá de la puerta brilló. Como un espejismo.
Parpadeó y ya no estaba.
Una serie de graznidos beligerantes sonaron en lo alto. Genevieve miró al cielo, que se estaba ennegreciendo con la promesa de lluvia. Los tres cuervos giraban en círculos en un bucle interminable de expectación.
Había venido hasta aquí, se había arriesgado a demasiados problemas, había so?ado con esto durante demasiado tiempo, como para volver atrás ahora.
—Aquí hay algo para mí —pensó—. Tiene que haberlo.
Enderezando los hombros, Genevieve se volvió hacia Morello y le dijo:
—No me iré. Le agradezco el viaje y espero que regrese sano y salvo antes de que llegue el mal tiempo.
—Pero no puedo abandonarla aquí —insistió Morello—. Si lo que necesita es un lugar donde quedarse, yo...
—Puedes y me dejarás aquí. —Hizo un gesto con la mano—. Estaré bien.
—No hay nada más en kilómetros a la redonda —protestó—. No es posible que espere que deje tirada a una dama en medio de la nada.
Suspiró. Había olvidado hasta qué punto algunos hombres se quedaban embelesados con la ilusión de dulce inocencia que ella había creado... pero no tenía tiempo para dejar que éste se rindiera fácilmente. Necesitaba que se fuera.