Enchantra (Wicked Games, #2)(3)



El último de los carritos de la comida rodó por el pasillo frente a su habitación y el ruido de los vasos y los platos al chocar entre sí fue desapareciendo poco a poco a su paso. Golpeó el suelo con el pie, impaciente, mientras esperaba a que el tren hiciera su siguiente parada.

El viaje por la campi?a italiana había sido incómodo, agotador y, lo peor de todo, tedioso. Al principio había intentado releer los libros de su baúl, pero tras confirmar que la plaga de cuervos que la seguía era probablemente el resultado de una magia conocida como maleficio, se aburrió rápidamente.

Llevó la mano derecha a la izquierda e intentó juguetear con un anillo que olvidaba que ya no llevaba. Volvió a dejar caer ambas manos sobre su regazo con un suspiro frustrado. Estar atrapada entre las mismas cuatro paredes sin una sola alma interesante con la que hablar era para Genevieve su versión personal del infierno. Creía que ya había tenido bastante con crecer en la mansión Grimm.

Mientras su difunta madre, Tessie Grimm, había entrenado a su hermana en el arte de la Nigromancia, a Genevieve la habían dejado con nada más que sus peluches y mu?ecas para hablar.

Como la mayor, Ophelia sería la única en heredar la magia de su madre, y a Genevieve le había tomado a?os darse cuenta de cómo la obsesión de su madre por Ophelia la hizo sentirse como una hija única. Y la dejó con una necesidad constante de estar entre multitudes. O en la cama de alguien más.

Genevieve se había acostumbrado a ocultar su propia magia, aterrorizada de que su madre descubriera su poder y la protegiera como a Ophie. Se decía a sí misma que no quería tener nada que ver con el estrafalario mundo de Tessie Grimm. Entonces murió su madre, hacía sólo unos meses, y Ophelia se hizo cargo del legado familiar. En lugar del enfoque de su madre, Ophelia había decidido abrazar su título de nigromante convirtiéndose en una especie de solucionadora de problemas para todos los seres paranormales que habían llegado a la mansión Grimm en los últimos meses, brujas, fantasmas, vampiros, demonios, y eso hizo que Genevieve se diera cuenta de lo voluntariamente ingenua que había sido con respecto al mundo.

Su experiencia en Phantasma, la infernal competencia en la que ella y Ophelia habían entrado el oto?o pasado, la hizo querer aprender todo lo posible sobre esas cosas paranormales.

La competencia en sí no le había preocupado demasiado a Genevieve cuando se inscribió. Sabía que su tipo particular de magia heredada, la de su padre y Ophelia, le permitiría evitar fácilmente todos los horrores físicos y pruebas dentro de la Mansión del Demonio. Pero era frustrante pensar que, de no tener esa magia, probablemente no habría superado ni un solo día en la competencia.

Genevieve había tenido muchas oportunidades de contarle a Ophelia su nuevo deseo de aprender. Pero cada vez que Genevieve lo había intentado, se había encontrado incapaz de admitir lo tonta que había sido. Cómo había estado huyendo de su familia, de sí misma, durante tanto tiempo.

Tampoco había estado dispuesta a admitir la razón más importante por la que había dejado de despreciar lo paranormal. Porque ya no intentaba ganarse el afecto de un hombre que nunca la había amado...

Un silbato sonó en lo alto, abriéndose paso entre sus pensamientos para anunciar que el tren pronto se acercaría a su siguiente parada: Florencia. La ciudad más cercana a su destino final.

El reflejo de Genevieve en la ventana se iluminó.

Ahora estaba tan cerca. Tan cerca de descubrir otra familia como la suya.

Rebuscó en el bolsillo de su capa y sacó una fotografía. La había encontrado en la habitación de su madre, escondida con otros recuerdos de la vida que Tessie Grimm había llevado antes de establecerse en Nueva Orleans. Una vida de la que ni siquiera Ophelia sabía nada.

La foto, de color sepia, mostraba a un hombre de pie junto a Tessie Grimm, con el brazo sobre los hombros de ella de una forma que hacía muy evidente la comodidad que sentían el uno por el otro. Pero lo que siempre llamaba la atención de Genevieve era el hecho de que ambos llevaban medallones en forma de corazón a juego.

Desde el momento en que encontró la fotografía, Genevieve se había hecho las mismas preguntas. Sabía que el medallón de su madre estaba relacionado con el linaje de su familia, que siempre había estado destinado a pasar a manos de Ophelia tras la muerte de su madre. ?El hombre de la foto también era un nigromante? ?Tenía hijos? ?Alguno de ellos era... como ella?

Y así fue creciendo su curiosidad a lo largo de los a?os. Hasta que ya no pudo resistirse.

Dio la vuelta a la fotografía entre sus manos y leyó los nombres del reverso, escritos con la elegante letra de su madre.

Barrington Silver y Tessie Grimm.

El pitido del silbato de vapor resonó por segunda vez y Genevieve se metió la fotografía en el bolsillo de la capa. El rítmico traqueteo de las ruedas del tren sobre las vías fue disminuyendo a medida que se acercaban a la nueva estación, y el suave zumbido de la locomotora se fue calmando poco a poco mientras ella se levantaba para recoger sus cosas.

A pesar de la invitación a visitar Enchantra antes de la víspera del equinoccio, no podía imaginar que el Se?or Silver la rechazara. En primer lugar, por el fervor con que había escrito la nota. Había hendiduras profundas en el papel donde la pluma casi había atravesado con la intensidad de sus trazos. Y en segundo lugar, porque si se negaba a hablar con ella después de atormentarla con aquel maleficio, podría sentirse tentada de asesinarlo.

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