Enchantra (Wicked Games, #2)(11)



Qué raro...

A su derecha había un pasillo con puertas en el lado izquierdo. En la pared opuesta, sin embargo, había una hilera de enormes retratos al óleo, todos enmarcados en plata. Genevieve comenzó a avanzar por el pasillo, preguntándose si podría encontrar a alguien en alguna de las habitaciones, pero la extra?eza del primer retrato llamó su atención y la hizo detenerse.

La chica pintada no era mucho mayor que Genevieve, con un llamativo cabello blanco que le caía hasta la cintura y un flequillo ondulado que se le separaba a ambos lados de la frente para enmarcarle la cara. Sus ojos eran negros como el carbón bajo las gruesas pesta?as, un contraste chocante con el resto de sus facciones. Al igual que sus labios color vino, colocados de tal forma que parecía que conocía un secreto que el espectador desconocía. Estaba sentada en un sillón de terciopelo plateado, con un vestido azul hielo, y a sus pies había un leopardo de las nieves adulto.

Genevieve parpadeó dos veces ante el gran gato moteado.

—Seguro que no es una mascota —pensó mientras se acercaba al siguiente retrato.

Este representaba a un hombre cuya estructura facial recordaba mucho a la de la chica que tenía al lado. Sin embargo, en lugar de tener el cabello pálido y los ojos oscuros, su cabellera rebelde era del color de la tinta, casi azul marino, y estaba escondido detrás de las orejas, donde grandes joyas de zafiro colgaban de cada lóbulo. Y sus ojos... eran de un gris tan pálido que casi parecían blancos.

Genevieve se estremeció.

Si alguna vez pensé que los ojos de Ophie eran espeluznantes...

El hombre estaba apoyado en la misma silla que la chica y, aunque no había ningún leopardo a sus pies, sí había un búho negro posado en su hombro. Su mirada estaba pintada de un modo que parecía seguir al espectador.

Antes de que Genevieve pudiera pasar al siguiente cuadro, un ruido sordo resonó en el techo. Giró sobre sí misma y corrió hacia el vestíbulo, con la esperanza de encontrar una escalera que la condujera hasta quienquiera que estuviera armando aquel alboroto. Con suerte, el propio due?o de la finca. O al menos a alguien que no fuera el extra?o de ojos dorados.

Se dio cuenta de que las puertas dobles del fondo estaban ligeramente entreabiertas. Se dirigió hacia ellas y las abrió de un tirón, deteniéndose en seco al contemplar la sala del otro lado. Un gran salón de baile. Del tipo que a menudo imaginaba como telón de fondo de sus enso?aciones.

Muy por encima de su cabeza, el techo estaba adornado con frescos vibrantes que representaban batallas entre diversos seres paranormales y efímeros: demonios con garras rojas desgarrando a cambia formas en plena transformación, ensue?os derramando su sangre opalescente en las bocas de vampiros, ángeles arrancándose las alas unos a otros.

Las paredes estaban cubiertas con cortinas doradas, recogidas para dejar al descubierto los altos ventanales de arco que permitían que una luz plateada se derramara sobre el piso de mármol del salón de baile e iluminara los espejos cubiertos en la pared opuesta. Entre dos de esos ventanales había un enorme reloj dorado. Los números romanos de sus horas se ubicaban en el centro de doce círculos grandes, todos negros excepto la hora actual -las cuatro-, que resaltaba en oro, al igual que la esfera del reloj.

Y en el rincón más alejado del salón, vislumbró exactamente lo que había estado buscando: una gran escalinata. Los pelda?os conducían a un descanso superior, donde un balcón rodeaba tres lados de la pista de baile. Genevieve se dirigió hacia las escaleras alfombradas, pasando los dedos por la barandilla dorada para dejar un rastro limpio en el polvo espeso mientras subía, con los ojos buscando algo vivo entre las sombras . Cuando llegó al rellano, notó algo por el rabillo del ojo, que se desplegaba como humo.

Su cabeza se giró hacia el zorro.

—Tú.

El zorro agitó la cola, burlón, antes de girar sobre sí mismo y salir corriendo. Genevieve lo persiguió, lo siguió por una curva cerrada a la izquierda y entró en un amplio pasillo lleno de puertas cerradas. Entrecerró los ojos en la oscuridad, pero o bien el zorro se confundía perfectamente con las sombras, o bien había desaparecido.

—?Hola? —gritó mientras avanzaba lentamente por el pasillo—. ?Hay alguien aquí?

Se acercó a la primera puerta a su derecha, giró el pomo y se sorprendió al ver que estaba abierta. La habitación estaba... vacía. No había cama ni muebles, sólo una caja blanca. Cerró la puerta y comprobó la habitación contigua. Vacía.

Qué peculiar desperdicio de espacio...

—?Quién demonios eres? —siseó alguien.

Genevieve retrocedió desde el umbral de la habitación vacía y giró para encontrarse con alguien de pie en la entrada del pasillo. Habían hablado en un idioma que Genevieve no reconocía y que, desde luego, no debería haber entendido.

A medida que se acercaban, Genevieve se dio cuenta de que era la chica del cuadro. Salvo que su cabello blanco como un fantasma se lo había cortado en una melena lisa y despuntada, cuyos mechones apenas le llegaban a la altura de los hombros y se agitaban con la rapidez de su paso.

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