Enchantra (Wicked Games, #2)(9)
Durante un largo minuto no ocurrió nada. El silencio en el aire era inquietante, la falta de vida alrededor, en general, alarmante. Sin embargo, antes de que tuviera tiempo de perder los nervios, la puerta de la derecha se abrió de golpe. Genevieve aspiró ante el extra?o poder que comenzó a crepitar en el aire cuando una figura se acercó al umbral, apoyando un hombro en el marco de la puerta mientras su mirada sagaz la observaba. Una mirada que tenía un tono ámbar extra?amente familiar.
El desconocido de ojos dorados medía algo por lo menos medio metro más que ella, un medio metro muy respetable. Llevaba el cabello negro un poco más largo que el estilo preferido de los hombres de Nueva Orleans, peinado hacia atrás al azar y ligeramente rizado en las puntas. Su rostro era convencionalmente atractivo, mandíbula cuadrada, pómulos afilados, nariz perfectamente recta, de una forma que podría haber resultado aburrida en cualquier otra persona. Pero el aro dorado que le atravesaba el labio inferior y el oro hipnotizador de sus ojos sedujeron a Genevieve de un modo pecaminoso.
Llevaba una camisa negra entallada que resaltaba sobre su tez de marfil, un chaleco de seda sobrepuesto y perfectamente ajustado a su musculosa figura. Los pantalones negros plisados le colgaban de la cintura, sujetos con un cinturón de cuero a juego con incrustaciones de gemas de ónice. Llevaba montones de anillos de obsidiana adornando la mayoría de sus dedos y, a pesar del filo inconfundible de oscuridad que se aferraba al aire a su alrededor, había algo muy intencionado y refinado en su aspecto. A diferencia de los solteros anodinos de su pueblo, que pensaban que menos esfuerzo se traducía en estilo por alguna razón. Y, desde luego, se alejaba completamente del hombre de cabello dorado y ojos azules que ella veía en sus pesadillas.
La noche y el día.
Genevieve se sacudió el pensamiento de Farrow, castigándose a sí misma por dejarlo correr desbocado en su mente, y volvió a centrar su atención en el desconocido que tenía delante. Se aclaró la garganta.
—Hola —saludó con una vibrante sonrisa.
No dijo nada mientras la escrutaba tan atentamente como ella a él, y fue un esfuerzo no moverse bajo la intensidad de su mirada.
Levantó la barbilla.
—Mi nombre es Genevieve Grimm.
—?Y? —espetó—. ?Qué mierda quieres?
No había esperado necesariamente la más calurosa bienvenida por presentarse sin avisar después de las fechas propuestas en la invitación, pero la ira en sus palabras la desconcertó de verdad.
—?Puedo pasar? —pidió.
—No —afirmó, con voz no especialmente alta, pero indiscutiblemente firme—. ?Algo más?
—Sí. Quiero una maldita audiencia con Barrington Silver, y no me iré hasta conseguirla —le dijo.
Durante unos breves segundos, habría jurado que las comisuras de sus labios se movieron hacia arriba, pero un parpadeo después y su ce?o se había fruncido aún más.
—Creo que estás perdida —le dijo, con una amenaza latente bajo las palabras—. Date la vuelta y vuelve al infierno de donde has venido. Estás invadiendo.
Y le cerró la puerta en las narices.
Por un momento sólo pudo mirar con incredulidad.
Cuando se recuperó, con un gru?ido de fastidio en la garganta, volvió a agarrar la aldaba de plata. Sus modales eran espantosos, pero se había tomado demasiadas molestias para venir hasta aquí como para dejar que un simple grosero la detuviera ahora. Esperaba que sólo fuera parte del personal, alguien que ahuyentara a cualquiera que pudiera tropezar accidentalmente con la finca.
Aunque definitivamente parecía que podía ser un Nigromante.
Golpeó la pesada aldaba una, dos, tres veces. Esta vez, cuando las dos puertas se abrieron de golpe, un inquietante remolino de sombras danzaba en el fondo, creando un halo de humo alrededor del ancho cuerpo del desconocido. Cuando las sombras empezaron a salir por la puerta, Genevieve se balanceó sobre los talones, con la respiración entrecortada a medida que las volutas de tinta empezaban a enroscarse a su alrededor. Se le erizó la piel de los brazos ante el poder desconocido que la envolvía, pero se mantuvo en su sitio, negándose a ceder terreno a pesar de que sus instintos le gritaban que huyera.
A menos que Ophelia me haya estado ocultando alguna de sus habilidades, creo que es seguro decir que no es un Nigromante, en absoluto.
—?No entiendes cuando no te quieren en algún sitio? —gru?ó.
—Tan bien como tú sabes tratar a una invitada, supongo —replicó ella, con la voz un poco más entrecortada de lo que le hubiera gustado—. Pero como iba diciendo, tengo una carta del jefe de esta finca invitándome a Enchantra. Y no intentes decir que me he equivocado de lugar. El nombre está escrito en la puerta principal.
—Así es —convino mientras se cruzaba de brazos, las sombras seguían retorciéndose a su alrededor como serpientes preparadas para atacar—. ?Por qué no me ense?as esta supuesta invitación, entonces?
Buscó en sus bolsillos, pero al no encontrar el sobre, el recuerdo la golpeó. El zorro.
Miró de nuevo a la cara del desconocido y vio que una sonrisa burlona había sustituido al ce?o fruncido de sus labios.