Enchantra (Wicked Games, #2)(109)
Sin embargo, Vira parecía suficientemente satisfecha con sus palabras. Se volvió y asintió a Genevieve.
—Ha sido un placer conocerte, querida. Bienvenida a la familia —dijo Vira.
A Genevieve le dolía el pecho mientras asentía y decía:
—Para mí también ha sido un placer conocerle.
En cuanto Rowin hubo cerrado la puerta tras ellos, Genevieve se volvió hacia él y le preguntó:
—?Por qué no le diste el regalo?
—?De qué estás hablando?
—La tienda a la que fuimos. Compraste algo. Pensé que podría haber sido un regalo para ella.
Suspiró, metiendo la mano en el bolsillo oculto dentro de su chaleco para sacar la caja de la tienda.
—Iba a esperar a dártelo en Enchantra.
Se le cortó la respiración.
—?Me has comprado un regalo?
Se lo tendió como ofrenda.
—Feliz cumplea?os, “Problemas”.
Le quitó con cuidado la caja de la mano y abrió la tapa.
—Rowin —se atragantó, casi dejando caer la caja.
Dentro, apoyado en un cojín de terciopelo negro, había un fino brazalete dorado. Entre una línea de diamantes blancos en un lado y diamantes negros en el otro, había una inscripción.
La luz está donde tú estés.
—Toma —le dijo, sacando la pulsera de la caja para ayudarla a abrochársela en la mu?eca.
Se lanzó hacia él, echándole los brazos al cuello. Los brazos de él la rodearon, aplastando su cuerpo contra el de ella mientras él le hundía la cara en el cabello.
—Gracias —le dijo—. Por visitarla conmigo.
Ella asintió. Lo comprendía. Cuando los mortales tenían que ver a sus seres queridos enfermar y morir, esas experiencias solían durar meses o a?os. No podía imaginarse lo que sería ver morir a alguien durante una eternidad.
Se apartó de ella lo suficiente para darle un beso dulce y prolongado en la boca.
—?Rowin? —dijo mientras volvían al pasillo.
—?Sí?
Pero antes de que pudiera decir nada más, un grito agónico resonó en el castillo.
38
Final Trágico
Sevin había llegado al Infierno y gritaba como un loco. Tenía el estómago y el pecho cubiertos de carmesí, pero ésa no era la causa de sus enfermizos lamentos. Era el hecho de que cada centímetro de su carne burbujeaba y humeaba, como si lo hubieran metido en una cuba de ácido. Genevieve casi perdió el contenido de su estómago en la alfombra junto a él.
Rowin, sin embargo, apenas pesta?eó. Agarró una manta gruesa del respaldo de un sillón del salón y la envolvió alrededor del cuerpo de Sevin mientras éste convulsionaba. Luego agarró una de las manos de su hermano y se limitó a aguantar. Unos minutos después, Wells y Remi se unieron a ellos.
—?Qué está pasando? —preguntó en voz baja a los demás.
—Esto es lo que ocurre cuando la Daga de la Caza atraviesa nuestros corazones —explicó Remi.
—Es muy doloroso —dijo Wells como si eso no fuera muy obvio.
Sevin rugió de agonía una vez más. Sevin, que siempre tenía una sonrisa en los labios y una broma en la lengua. Ahora estaba pálido, sus ojos no veían mientras el dolor lo desgarraba una y otra vez.
—?Cuánto dura esto?
—Horas a veces —le dijo Wells.
Remi y Wells salieron de la habitación, dejándola a ella y a Rowin observando cómo Sevin se estremecía de dolor. Pasó una media hora antes de que por fin se callara, aunque seguía agarrado de la mano de Rowin.
Knox apareció de repente en la habitación. Apenas dedicó una segunda mirada a Sevin, y en su lugar hizo una se?a a Rowin.
—Ven —ordenó.
Genevieve curvó un labio con desdén ante el Diablo.
—?No puede esperar?
—No —dijo Knox antes de desaparecer una vez más.
Rowin apartó suavemente su mano de la de Sevin y se puso en pie.
—?Puedes quedarte con él? —pidió.
Ella asintió.
—Por supuesto.
Cuando se marcharon, se arrodilló junto a Sevin. Tomó su gran mano y la estrechó entre las suyas. ?l se obligó a abrir los ojos.
—Ser inmortal es un privilegio, ?no crees? —ronroneó.
Ella le dedicó una sonrisa triste.
—Nunca lo he pensado, no.
Intentó asentir con la cabeza, pero hizo una mueca de dolor.
—Tendrías razón. Los mortales tienen suerte. Vives, amas, mueres. Vivir para siempre sólo significa que hay tiempo infinito para que la gente te inflija dolor.
—Creía que Grave era el serio —intentó bromear.
—Ah, sí, tienes razón. Acabo de morir. Pero volveré enseguida a mi puesto de bufón de la familia.