Enchantra (Wicked Games, #2)(127)
—Voy a comprar un praliné a Laura's —les dijo Genevieve cuando divisó la confitería de la esquina.
—?Me traes uno a mí también? —preguntó Ophelia.
Genevieve asintió, jugueteando con su pulsera mientras se dirigía a la tienda, con sus pensamientos en algún lugar lejano mientras serpenteaba entre los turistas. Cuando se acercó a la puerta de la tienda, alguien la adelantó y tiró de ella para abrirla.
—Gracias —dijo automáticamente al levantar la vista hacia el rostro del desconocido.
Se quedó paralizada.
Era quizá una de las personas más bellas que había visto nunca. Sus ojos de un color ámbar inusual. Su cabello despeinado y alborotado en las puntas. Y el único aro de oro que le atravesaba el labio inferior le hizo dar un vuelco al estómago.
Le dedicó una sonrisa mientras bajaba los ojos hacia la pulsera que llevaba en la mu?eca.
—Hola —murmuró.
—Hola —respondió ella.
Había abierto la boca para decir algo más cuando el sonido de algo metálico tintineó en el suelo entre ellos. Ambos miraron un grueso anillo de plata.
Se agachó para recogerlo.
—?Esto es tuyo?
Era un sello, con una banda tallada en filigrana alrededor de una piedra plana de ónice.
Sacudió la cabeza divertida.
—Yo nunca me pondría algo así. Es...
—?Horrible? —a?adió.
Desvió los ojos hacia su mirada dorada.
—?Tú también lo crees?
Pero no contestó. Sólo inclinó la cabeza y la miró expectante. Como si estuviera esperando algo.
Tras un largo rato, preguntó:
—?Pasa algo?
La decepción brilló en sus extra?os ojos dorados, y ella no pudo evitar pensar que parecía... devastado. Aun así, lo único que dijo fue: —?Vas a entrar?
—Oh. —Ella parpadeó, dándose cuenta de que él aún mantenía la puerta abierta—. No, la verdad. Creo que he cambiado de opinión.
Asintió con la cabeza.
—Espero que tengas un buen día, entonces.
—Tú también.
Dejó que la puerta se cerrara y pasó a su lado sin decir palabra, y ella vio cómo desaparecía calle abajo. Pero cuanto más se alejaba, más la apremiaba algo. Algo que le decía que fuera tras él. Y antes de que se diera cuenta, sus pies se movían. Lentamente al principio. Unos pasos tentativos. Luego estaba corriendo.
—?Espera! —llamó.
Giró.
—Cometí un error —le dijo ella, un poco sin aliento—. El anillo... es mío. Se me olvidó.
La esperanza se reflejó en su rostro cuando metió la mano en el bolsillo y sacó la monstruosidad plateada. Cuando se lo entregó, juró que su expresión contenía una pizca de alivio.
La observó atentamente.
—Gracias —le dijo.
Sin perder un segundo más, se dio la vuelta y corrió hacia el Barrio en busca de su hermana. Antes de que el desconocido cambiara de opinión y se lo llevara.
Durante las dos semanas siguientes a aquel viaje al Barrio, Genevieve no pudo dormir.
Daba vueltas en la cama mientras en sus sue?os aparecían laberintos y espejos. La misma figura sombría a su lado en cada uno de ellos. Y entonces, una noche, hubo un parpadeo.
De un hombre. Con ojos dorados.
Se levantó disparada en la cama.
Era más de medianoche cuando se quitó las sábanas y corrió hacia su tocador, abriendo de un tirón el cajón superior para sacar el feo anillo que el desconocido le había regalado aquel día en el Barrio.
Se quedó mirándola durante un largo rato, con el corazón acelerado. Luego hizo algo extra?o. Se lo puso en el dedo anular.
Y los recuerdos empezaron a florecer en su cabeza.
Volvieron todos a la vez, como humo llenando cada rincón de su mente. La mareaban las escenas que se sucedían una tras otra.
Llegando a las puertas de Enchantra.
La primera vez que le veía la cara.
Poniéndose su vestido de novia.
Sus votos.
Su primer beso.
Muriendo en sus brazos.
Gritó y cayó de rodillas al suelo, agarrándose las sienes mientras el dolor de los recuerdos que volvían a su mente casi la hacía desmayarse.
Sin embargo, nunca antes había estado tan agradecida de sentir dolor. ?Cómo iba a estarlo cuando por fin volviera a ella? En una visión impresionante tras otra.
49
Recuerdos
La escena del infierno, sin embargo, no era de su propia memoria, sino de la de él.
—Me han dicho que has venido a hacer un trato conmigo, Rowington Silver. —El Rey del Infierno sonrió a Rowin desde su trono, y las llamas que rodeaban la sala aumentaron con el volumen de su voz.
—Sí —confirmó Rowin—. Me gustaría regatear algo para traer de vuelta los recuerdos de un ser querido.