Enchantra (Wicked Games, #2)(78)
Todo lo que había dicho sonaba a verdad, y Genevieve no estaba segura de que comprendiera del todo cómo se jugaba a este juego. Pero lo único que dijo fue:
—?Por qué se pelearon Grave y tú en aquella mascarada hace tantos a?os?
—Es mi turno —le recordó.
Genevieve suspiró y asintió mientras se deshacía de la flor mutilada antes de continuar hacia el ornamentado puente plateado que tenía justo delante. Rowin la seguía de cerca. Umbra, mientras tanto, entraba y salía del campo cubierto de hierba que los rodeaba, mordisqueando a las luciérnagas, y Genevieve no pudo evitar soltar una risita.
Rowin aún no había dicho nada cuando llegaron al paso elevado, y Genevieve estaba demasiado ocupada explorando como para molestarse en darle un codazo. De cerca, el puente era mucho más ancho de lo que esperaba, y el río que corría bajo él sorprendentemente profundo. La superficie del agua era cristalina y reflejaba las estrellas parpadeantes como un espejo. Cuando empezó a cruzar, una de las piedras se hundió ligeramente bajo su peso y estuvo a punto de hacerla tropezar.
Rowin le rodeó la cintura con un brazo justo cuando un destello de peces dorados y luminiscentes nadaba río abajo.
—?Has visto eso? —jadeó mientras tiraba de la manga de su camisa y se acercaba a la barandilla.
Se inclinó para mirar dentro del agua, pero lo único dorado que se veía ahora era el reflejo de los ojos de Rowin cuando se inclinó junto a ella. Frunció el ce?o.
—Creo que has encontrado el juego dentro del juego.
Genevieve echó un vistazo.
—?El qué?
Hizo un gesto hacia el resto de la escena que les rodeaba mientras se agachaba para examinar el escalón hundido.
—?Recuerdas que mencioné que hay fichas que Knox ha escondido dentro de cada una de estas habitaciones? Cada habitación contiene un rompecabezas. Resuélvelo, sobrevive y la ficha será tuya.
—Y la ficha nos daría inmunidad frente a la siguiente ronda —recordó.
Asintió con la cabeza y luego apoyó la palma de la mano contra la piedra, desplazando su peso hacia delante sobre el escalón suelto una vez más y enviando otro chorro de peces brillantes a través del agua.
—?Crees que hay más detonantes como ése? —preguntó.
Una esquina de su boca se curvó con anticipación.
—Supongo que tendremos que averiguarlo.
27
Larga Historia
Después de media hora de revisar cada piedra suelta del puente, habían descubierto que cada una soltaba un grupo de los peces dorados, a excepción de tres o cuatro de las piedras que soltaban también peces blancos entre los nadadores dorados.
Al principio Rowin había pensado que necesitaban pescar uno de los peces blancos para localizar la ficha, pero después de conseguir enganchar tres, incluso con sus heridas a medio curar, seguía sin haber pistas evidentes. Ahora estaban tumbados de espaldas en la orilla inclinada, con los pies colgando en el agua corriente. Rowin seguía sin camiseta por haberse zambullido en el río, y Genevieve intentaba concentrarse al máximo en las estrellas y no en sus abdominales relucientes. Hasta el momento, había inventado treinta y cinco constelaciones nuevas.
—?Qué pasó la noche que dejaste de beber whisky?
Su primera pregunta.
Ella se volvió para mirarlo, ignorando la hierba rasposa en su mejilla.
—?Todavía sigues con eso?
—Soy un entrometido —murmuró.
Bueno, ciertamente tenemos eso en común.
Respiró hondo. Había exactamente cuatro personas en el mundo que conocían esta historia. Ella misma, Farrow, Basile y Salem. Cinco si Salem se la había contado a su hermana a pesar de que Genevieve le había pedido que no lo hiciera.
—Esta historia podría hacerte pensar diferente de mí —advirtió.
La miró de reojo.
—No tienes ni idea de lo que pienso de ti ahora, “Problemas”.
Eso era muy cierto.
—Es una larga historia —volvió a intentar.
—Creo que tenemos tiempo.
—Bien —cedió—. Supongo que esto significa que tendré que explicarte quién es Farrow, después de todo.
Sonrió satisfecho. Exactamente lo que había estado esperando, claramente. Eso demostraba lo que ella siempre había sabido: a los hombres les gustaban los cotilleos y el drama tanto como a las mujeres.
—Conocí a Farrow Henry cuando tenía quince a?os. Me había colado en una gala benéfica en el Hotel Monteleone, junto a Royal Street. Por aquel entonces era mi segundo lugar favorito de Nueva Orleans. Tanta gente elegante para ver.
Pensó en todas las mujeres que había visto en ese tipo de fiestas, en cuántas de ellas se había formado su propio estilo personal, su gusto por las cosas opulentas... su aversión por lo paranormal.
—Aquella noche le había visto casi de inmediato —continuó—. Principalmente porque era la única persona de mi edad, pero también porque estaba intentando robar una botella entera de bourbon detrás de la barra. Así que decidí intervenir.