Enchantra (Wicked Games, #2)(75)



Y ahora Remington Silver.

La mirada de Remi se calentó mientras parpadeaba hacia él, poniendo su dulce acento de belleza sure?a mientras ronroneaba:

—?Por qué no vas a decidir el lugar perfecto para nuestro peque?o espectáculo y luego te reúnes conmigo aquí?

—?Por qué no practicamos aquí primero? —sugirió mientras inclinaba la cara hacia abajo y acercaba sus labios a los de ella.

Era un cebo y ella lo sabía. Se apartó de él.

—?Qué lo delató? —Remi ladeó la cabeza, con una peque?a sonrisa en la comisura de los labios.

Tuvo cuidado de no mirar el piercing.

—?De verdad te has clavado algo en el labio sólo para enga?arme?

Se encogió de hombros mientras desenvainaba por fin la Daga de la Caza del interior de su bota.

—No era sólo para enga?arte, pero era conveniente que me encontrara contigo primero.

Y entonces arremetió.

Genevieve se echó a un lado, pero no fue lo bastante rápida, y siseó de dolor cuando la hoja atravesó el lateral de su corsé y se clavó en su piel. Sin embargo, antes de que él pudiera asestarle otro golpe, ella alargó la mano para agarrarle el aro dorado del labio y se lo arrancó de cuajo.

Gritó de dolor, y la Daga cayó al suelo por la conmoción que le produjo el espantoso ataque. No perdió el tiempo y se agachó para recoger la Daga del suelo, pero en cuanto sus dedos rozaron la empu?adura, un dolor punzante le recorrió todo el cuerpo. Joder. Así que robar el cuchillo va contra las normas. Volvió a llevarse la mano al pecho con una colorida maldición, y dio una patada para enviar la hoja volando por el suelo. Mientras Remi corría por el arma, ella abrió la puerta de golpe y salió corriendo de la habitación.





26




El Prado


Genevieve estaba condenadamente cansada de correr. También estaba harta de manchar de sangre todos y cada uno de sus vestidos.

La sangre no combina con el rosa.

Sabía que era imposible llegar hasta el salón de baile y subir las escaleras antes de que Remi la alcanzara. Así que hizo lo que más le convenía: dirigirse al comedor, donde se destrozó las u?as abriendo la entrada oculta de la despensa del mayordomo. Como había sospechado, la salida opuesta de la despensa conducía a la cocina, donde encontró el pasillo oculto que llevaba a las escaleras y a la habitación secreta detrás de la biblioteca que Rowin le había mostrado la noche anterior.

Mientras subía los desvencijados escalones de madera hasta la monótona habitación de piedra, se llevó una mano a la dolorida herida del costado y suspiró aliviada por la presión. Al apoyarse dramáticamente en la barandilla, las cintas sueltas de la gargantilla que llevaba atada al cuello se engancharon en el extremo afilado de una astilla que sobresalía sin que se diera cuenta y, cuando subió el siguiente escalón, le apretaron demasiado alrededor de la garganta. Antes de que pudiera echar la mano atrás para desenredarse, la decrépita tabla que tenía debajo cedió y su pie la atravesó.

Soltó un grito ahogado al caer, con los trozos de madera ara?ando su tobillo atrapado mientras las cintas se convertían en un doloroso torno alrededor de su garganta. Ara?ó el nudo de seda hasta que se soltó, apretando los dientes contra el dolor que le producía sacar el pie del agujero del pelda?o hueco. El sonido sordo de los gritos de otra persona detrás de una de las paredes la hizo sentir una descarga de adrenalina y le preocupó haber hecho demasiado ruido. Sentía una presión detrás de los ojos que le pedían que llorara, un nudo en la garganta que apenas era capaz de tragar mientras se enderezaba en la escalera para seguir adelante.

Se negó a dar a los espectadores de Knox la satisfacción de sus lágrimas, y sabía que la estaban observando. Los espejos colocados estratégicamente en los recovecos de este polvoriento pasaje ya no le pasaban desapercibidas.

—Sólo son unos ara?azos —se gritó a sí misma. Y huesos doloridos. Orgullo herido.

Cuando llegó a la sala secreta, afortunadamente vacía, ya había tomado una decisión. Se acercó cojeando al carrito con las jarras, comprobando dos, tres y cuatro veces que no se estaba sirviendo un vaso de orina. Pero Rowin debió de ocuparse de ese asqueroso detalle cuando restableció la puerta de la habitación en algún momento de las horas de seguridad, porque todo lo que encontró dentro de las botellas era whisky de arce impoluto.

Sacó el tapón de cristal de la botella y vertió un poco del licor en un vaso. Cuando se lo acercó a la nariz, estuvo a punto de atragantarse con el olor, pero una vez que bebió el primer sorbo y sintió su ardor, el bueno, extenderse por su organismo, prometiendo un dulce alivio, se tragó el resto con facilidad.

Dos vasos más tarde, estaba tumbada en el sofá, con los ojos cerrados mientras la pesadilla comenzaba de nuevo.





Genevieve se incorporó gimiendo y se masajeó las sienes con las yemas de los dedos mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad.

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