Enchantra (Wicked Games, #2)(80)



—He tenido asuntos más importantes en mi mente, recuerda. Ahora, vuelve a tu historia.

Casi había olvidado que estaba en medio de su propia sórdida historia.

—Bien. Acepté verlo de nuevo, y esta vez juró que estaba allí para quedarse. Había empezado a trabajar en el negocio de su abuelo y decía que estaba listo para comprometerse. Durante meses, dormí a su lado, escuchando sus promesas. Cómo iba a proponerme matrimonio y construirme la casa de mis sue?os. Me ayudaría a cuidar de mi familia. Porque mi hermana aún no lo sabía, pero mi madre estaba a punto de hundirnos en la bancarrota. —Su respiración se hizo entrecortada—. Y entonces, el veinte de febrero del a?o pasado, cambió de opinión.

Arrojó la hierba que tenía en la mano al arroyo, observando cómo cada brizna producía peque?as ondas superpuestas en el agua. Temía que la conversación que había mantenido con Farrow aquel día no se borrara de sus recuerdos hasta que no fuera polvo en una tumba.

—Dijo que su familia era demasiado acomodada para tener a alguien con sangre paranormal en su prístina línea familiar. Que yo era una ilusa por pensar lo contrario. Me dijo que estaba prometido con una chica de Londres y que podíamos pasar dos noches más juntos. —Su rostro ardía de vergüenza mientras se concentraba en un punto lejano—. De todos modos, le envié una nota a Farrow diciéndole que quería un último hurra antes de que se fuera; le pedí que se reuniera conmigo dentro de una de las carrozas del desfile de Mardi Gras a las seis en punto. Y luego me emborraché muchísimo.

—Con whisky —adivinó.

—Sí. —Las lágrimas pincharon las esquinas de sus ojos—. Nos encontró a Basile y a mí en una posición muy comprometida. Quería hacerle sentir tan horrible como él me había hecho sentir a mí. Para demostrarle que yo lo había superado primero.

Rowin entrecerró los ojos y apretó la mandíbula al preguntar: —?Qué ha hecho?

Genevieve se tragó las lágrimas mientras recitaba:

—Me llamó de todas las formas posibles. Puta. Zorra. Demonio. Lo que fuera. Los nombres no importaban. —Se rodeó con los brazos—. Lo había avergonzado. Y en respuesta incendió la carroza conmigo y Basile encerrados dentro.

Los labios de Rowin se entreabrieron con incredulidad.

—Genevieve.

—Estaba demasiado borracha para usar mi magia. Creo que quizá por eso me desmayé la primera noche aquí: que me quitaran la magia me devolvió esa sensación de impotencia. Lo odio.

Un breve destello de culpabilidad recorrió su rostro.

—Cuando nos rescataron, Basile tenía quemaduras en más de medio cuerpo. Yo, por supuesto, me recuperé. Aunque llevó semanas. Pero el padre de Farrow pagó al departamento de policía, y luego también llegó un cheque a la mansión Grimm.

Respiró hondo y continuó:

—Basile me pidió que le ayudara a utilizar su propio dinero para conseguir un elixir muy caro para sus cicatrices, y aunque el elixir funcionó bastante bien, no hizo mucho por mi culpa.

—?Y Farrow? ?Lo dejaste salirse con la suya?

—Afortunadamente, recientemente he conseguido el tipo de conexiones que necesitaba para promulgar el tipo de venganza duradera que Farrow merecía.

—Espero que esa venganza incluya prenderle fuego —le dijo Rowin con firmeza.

—Suficientemente cerca —murmuró.

Salem había tenido demasiadas ganas de quemar la finca de la familia Henry, sinceramente. Incluso con la condición de Genevieve de que no hubiera nadie dentro cuando ocurriera. Sin embargo, nunca hizo que Salem jurara esa disposición, y había una peque?a parte de ella que esperaba que tal vez él no hubiera escuchado.

—?Qué parte de esa historia debía hacerme pensar diferente de ti? —se preguntó.

—?Es una de tus preguntas? —preguntó.

—Sí.

—No estoy orgullosa de nada de ello —admitió—. Quiero olvidar desesperadamente, pero no creo que me lo merezca. No cuando Basile tiene que recordarlo. Desde entonces intento encontrar algún tipo de luz en la oscuridad de lo que pasó. Pero creo que quizá la luz nunca esté a mi alcance, y tengo que aceptarlo.

—La luz no es algo que tengas que perseguir, Genevieve. La luz está donde tú estés —le dijo.

La sorprendió la sinceridad de sus palabras y tuvo que apartar la mirada de él.

—Sabes que ninguna de las culpas recae sobre tus hombros, ?verdad? —Rowin exigió—. Es culpa de ese bastardo. Farrow. Qué nombre más ridículo.

—Ollas y calderos, Rowington —bromeó con desgana.

—Hablo en serio —insistió él, acercándose a ella para tocarle la barbilla con un dedo y obligarla a mirarlo a los ojos, con el dorado de sus iris serios—. Sabes que no tienes la culpa de nada, ?verdad?

—?Es tu última pregunta? —susurró.

—Genevieve.

—No lo sé —admitió.

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