Enchantra (Wicked Games, #2)(85)



Cuando él volvió a tumbarse a su lado, aun completamente vestido, ella pudo sentir la dureza de su excitación contra su cadera mientras él se acercaba para masajearle las mu?ecas.

—?Estás bien? —preguntó.

Volvió la cara hacia él. Sus ojos aún estaban un poco desenfocados. Aturdida.

Sus labios se curvaron en una sonrisa de suficiencia, y ella lo fulminó con la mirada.

—Estás demasiado orgulloso de ti mismo —murmuró.

—Y tú estás demasiado satisfecha para quejarte —replicó.

Ella apartó la mirada de él. ?l tenía razón. Estaba demasiado satisfecha por algo que se suponía que era sólo follar. Puede que él fuera capaz de encender y apagar el personaje que estaba interpretando, de entrar y salir de la cama, pero de repente ella tuvo la sensación de que nadie más sería capaz de hacerla sentir tan increíble nunca más. Y ésa era una sensación muy peligrosa.

No dejaré que me arruine.

—Tengo que darme un ba?o —dijo mientras se incorporaba, ignorando que sentía las piernas como gelatina, y se deslizaba fuera de la sofocante cama. Mientras se bajaba la camisa y caminaba hacia el ba?o, oyó que Rowin se levantaba de la cama.

Ella se giró para mirarle con una ceja levantada.

—?Adónde vas?

La empujó y se dirigió a la ba?era de patas negras que ocupaba toda la pared del fondo del cuarto de ba?o, dejando correr el agua mientras decía:

—Grave no sabe lo de la abertura entre nuestras habitaciones. Pero aun así no correré el riesgo de dejarte sola aquí mientras te recuperas.

Ella resopló.

—No voy a dejar que me veas ba?arme.

Sonrió con satisfacción.

—Soy yo o Umbra. Se niega a irse de tu lado desde que la rescataste.

Genevieve miró al zorro, que, de hecho, estaba en ese momento acurrucando la cabeza contra las piernas de Genevieve.

Suspirando con derrota, Genevieve refunfu?ó:

—Bien. El zorro puede quedarse.

—Las toallas están bajo el lavabo. Usa el jabón que quieras —dijo Rowin mientras dejaba a Genevieve y a su Familiar solos.

—Al menos mira hacia otro lado hasta que esté en la ba?era —le dijo Genevieve al zorro.

Umbra inclinó la cabeza como para asentir y giró en redondo para mirar hacia el armario de la ropa blanca. Genevieve se relajó ligeramente y se volvió hacia la ba?era mientras desabrochaba la camisa de Rowin. Apartó la prenda de su piel febril y la dejó caer al suelo. Sin perder tiempo, se metió en la ba?era humeante y suspiró de placer cuando el agua le acarició la piel y relajó sus doloridos músculos. Inmediatamente abrió uno de los peque?os frascos de jabón que había en el borde de la ba?era y se echó un poco del brebaje nacarado en la palma de la mano antes de enjabonarse la piel. Mientras inspeccionaba su cuerpo en busca de restos de las horribles mordeduras de las pira?as, observó que no tenía ni una sola cicatriz.

Ellin es sin duda mi favorita.

Sin embargo, las cicatrices mentales seguían ahí.

Genevieve no estaba segura de poder borrar de su mente los destellos de dolor de cien dientes puntiagudos que le desgarraban la carne. Desde luego, no quería volver a ver un pez.

Se hundió más en la ba?era hasta quedar completamente sumergida, pero en el momento en que su cara se sumergió en el agua, el recuerdo de estar en el río con las pira?as volvió a inundarla y el pánico empezó a ara?arle el pecho. Lanzó un grito burbujeante y se agitó asustada mientras se agarraba al lateral de la ba?era para levantarse. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, dos manos fuertes la agarraron por los brazos y la sacaron del agua.

Balbuceó al parpadear las gotas que se le pegaban a las pesta?as, con el pecho agitado por el esfuerzo al aspirar aire en los pulmones, la cara tensa por el dolor de las lágrimas no derramadas al intentar contenerlas.

—Genevieve, estás a salvo —le aseguró Rowin mientras se agachaba a su lado y le quitaba el agua y el cabello de los ojos—. Estoy aquí. Estás a salvo. No hay peces. No hay río. Estás aquí.

Sus palabras fueron un bálsamo instantáneo, al igual que sus caricias, y sólo le dieron más ganas de llorar. Cómo se había permitido depender tanto de él?

Ella se esforzó en tranquilizar su respiración durante un minuto antes de poder responder, y él esperó pacientemente, sin apartar los ojos de su rostro para bajar más. Entonces se dio cuenta de que seguía desnuda.

Se llevó las rodillas al pecho, rodeándolas con los brazos mientras pedía:

—?Me da una toalla, por favor?

?l asintió y regresó unos segundos después con la toalla más grande que ella había visto nunca. La desplegó y la extendió entre él y la ba?era, girando la cabeza hacia un lado para que ella estuviera más cómoda mientras salía del agua; luego la envolvió con la lujosa tela blanca.

Una vez que la toalla estuvo sujeta alrededor de su cuerpo, él le ofreció una mano para ayudarla a salir de la ba?era, y ella aceptó, haciendo que el agua chapoteara en el suelo de mármol blanco al moverse.

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