Enchantra (Wicked Games, #2)(88)
Lo que significaba que tendría que mencionarle que quería ayudar. Incluso cuando la Caza terminara, si lograba sobrevivir, quería ayudar.
—Y hablando de cosas que tengo que mencionarle... al final voy a tener que sacar el tema de las cartas que escribió a su familia —pensó. Así como los sobres de la mansión Grimm...
Estaba segura de que aquellos sobres eran los de las cartas que había escrito a Barrington... pero ?qué posible razón tendría Rowin para guardarlos entre sus cosas?
Definitivamente había hecho lo correcto al insistir en que no podía haber más encuentros “sin ataduras” entre ellos. No se trataba sólo de su desconcertante capacidad para mostrarse cari?oso con ella en un momento y afirmar que sólo era sexo en el siguiente. No, era más que eso. Ella se había abierto a él, le había contado su verdad más oscura, pero él claramente le estaba ocultando cosas.
—?Lista, “Problemas”? —preguntó Rowin desde el umbral.
Genevieve se sobresaltó al oír su voz, sus nervios zumbaban de fastidio a la vez que de expectación por lo que estaban a punto de hacer. La había dejado con Umbra mientras preparaba lo que fuera que tenía pensado para celebrar su cumplea?os con los demás en el comedor, justo después de su peque?a actuación.
Todo el mundo se dirigirá al comedor para cenar a las siete en punto. Lo que significa que tenemos que estar allí por lo menos en un cuarto de hora.
No estaba preparada. No sólo para su inminente acto, sino que tampoco estaba vestida del todo.
El vestido que había elegido era el que le había dicho a Ophelia que llevaría a la ópera. Era de terciopelo verde azulado, a juego con sus ojos, y el corpi?o de cintura caída se estrechaba hasta justo debajo del ombligo. El profundo escote corazón dejaba al descubierto gran parte de su escote, pero las mangas largas le devolvían un poco de pudor: voluptuosas en los hombros, se estrechaban alrededor de los bíceps y bajaban por los brazos. El corsé se ataba en la espalda y ella no era capaz de hacerlo por sí misma.
—?Genevieve?
—Necesito ayuda —suspiró cuando él entró en la habitación—. ?Puedes sujetar esto?
Cruzó la habitación para echar un vistazo a su vestido, permaneciendo en silencio mientras empezaba a tirar de las cintas. Cuando sintió que sus dedos rozaban accidentalmente la piel desnuda de su espalda al pasar los hilos por los ojales de seda, se estremeció.
—Respira hondo —le dijo, y ella obedeció mientras él tensaba las cintas antes de atarlas con un lazo.
Se apartó de él e hizo una peque?a reverencia.
—?Qué tal estoy? ?Excesivamente elegante?
No dijo nada durante un largo rato, sus ojos dorados recorrieron cada centímetro de ella de un modo que le provocó esas malditas mariposas en el estómago.
—No. No estás demasiado elegante.
Hizo una mueca. No era eso lo que buscaba. Perfecta, preciosa o impecable era más lo suyo.
—?Lista? —volvió a preguntar.
De nuevo, no, pero asintió de todos modos.
Pareció darse cuenta de su vacilación.
—Sólo somos tú y yo, “Problemas”. Hace sólo unos días me detestabas porque soy un “puto bruto”, ?recuerdas? Canaliza esa pasión y nadie notará la diferencia.
Ella había dicho esas cosas, ?no? Pero eso fue antes de todo lo que pasó en su cama. No estaba bien decir que lo odiaba cuando él le había hecho sentir todo lo contrario hacía apenas unas horas.
Detestaba a Farrow. El color de las aceitunas verdes. La humedad. Los cuervos.
Rowin, se sentía... avergonzada por él. Ya no sabía en qué caja meterlo dentro de su mente. No eran marido y mujer, no realmente, pero tampoco eran amigos. ?O lo eran?
—No te dejes llevar demasiado —le recordó, interrumpiendo sus pensamientos.
Ella frunció el ce?o.
—?Qué te hace pensar que voy a ser yo la que se deje llevar?
Resopló, como si la idea de que fuera él sea ridícula. Lo que a ella le sonó como un desafío.
En cuanto Rowin la condujo al vestíbulo, tiró de ella hacia un oscuro recodo entre uno de los pilares que cerraban la entrada al salón de baile y la pared adyacente. Colocó sus cuerpos de modo que ella quedara apoyada contra la pared y él se inclinara sobre ella, frente a uno de los enormes espejos.
Por mucho que intentara no sentirse afectada por su proximidad, los recuerdos de su boca sobre ella hacía apenas unas horas la llenaban de expectación. Había besado a mucha gente antes, veintisiete para ser exactos, pero, aparte de Farrow, nunca había pensado en ninguno de esos besos dos veces. Y a pesar del hecho de que se suponía que esto era fingido, su cuerpo claramente aún no había comprendido ese concepto. La forma en que el corazón le dio un vuelco cuando Rowin le pasó la punta de los dedos por la mandíbula y por debajo de la barbilla, para inclinar la cara hacia la suya, fue una prueba irrefutable.
—Relájate, “Problemas” —murmuró contra su oído mientras empezaba a invocar sus sombras, enroscándolas alrededor de sus cuerpos, rozándole el cabello, rodeándole la cintura con ellas—. No te preocupes por quien pueda estar mirando. Concéntrate en mí.