Enchantra (Wicked Games, #2)(93)



Rowin cruzó los brazos sobre el pecho descubierto y se recostó contra la cómoda en actitud contemplativa.

—Nunca es fácil darse cuenta de que las personas que se supone que deben protegernos son las que pueden crear las cicatrices más profundas.

Genevieve suspiró. Era algo que había intentado aceptar durante mucho tiempo.

—Creo que por eso seguía tan decidida a entrar a pesar de tus advertencias —le confesó—. Quería encontrar a otros como yo. Y quería conocer a tu padre porque pensaba que su proximidad a mi madre podría darme alguna idea de por qué... hizo lo que hizo. Pero en lugar de eso descubrí...

—?Está igual de jodido? —Rowin terminó.

—Sip —dijo, haciendo saltar la “P” al final de la palabra. Ella trató de encontrar su camino de vuelta a un estado de ánimo más ligero—. ?Cuánto tiempo tenemos hasta medianoche?

—Menos de una hora —le dijo.

—Voy a cambiarme. Es imposible que pueda correr con este vestido. —Se se?aló a sí misma.

—?Genevieve?

Ella le devolvió la mirada.

—?Sí?

—Todavía tienes dos preguntas más.

Y yo las evitaba, muchas gracias.

—No estoy segura de tener nada más que preguntar esta noche —dijo en su lugar, un poco demasiado a la ligera.

—Mentira. Eres un pozo inagotable de preguntas, Genevieve Grimm —afirmó.

Se encogió de hombros.

—Quizá el pozo se haya secado.

Intentó pasar a su lado. ?l la bloqueó.

—Eres un pesado —resopló.

—Y tú no estás jugando bien el juego —replicó—. ?Quieres que generemos confianza? Entonces hazme una pregunta. ?Cuál es?

—?Por qué no te cuesta tanto follar como a mí? —pensó, pero la que tuvo el valor de decir de verdad fue—. ?Por qué tienes cartas de la mansión Grimm escondidas en tu escritorio? Mis cartas.

Se quedó inmóvil ante la pregunta, pero antes de que pudiera responder, sonó la medianoche.





Tercera Ronda


de la


Caza





32


  Reflejos





Las campanadas del reloj dorado de Enchantra se habían convertido rápidamente en sinónimo del Infierno en la mente de Genevieve.

Rowin aún tenía la mandíbula apretada cuando bajaron a la ceremonia de elección. Que fue justo a tiempo.

Knox parpadeó en la habitación.

—Oí que era el cumplea?os de alguien —dijo el Diablo y sonrió a Genevieve—. Espero que haya pedido un deseo, Se?ora Silver.

—Bueno, mi deseo era no tener que volver a ver tu cara, así que esto es bastante decepcionante —dijo Genevieve.

La sonrisa de Knox se tensó mientras Sevin y Covin reían. Rowin, sin embargo, se negaba a mirarla.

Ellin se aclaró la garganta.

—Tengo una ficha que canjear, Knox.

Knox pasó los ojos de Ellin a Rowin y viceversa, pero no dijo nada cuando Ellin sacó el pez carmesí. Por el que Genevieve y Umbra casi habían muerto. Sólo que ahora ya no era un pez. Se había transformado en una especie de gema del tama?o de la palma de la mano con forma de pez.

Ellin lanzó la ficha a Knox, que la cogió del aire.

—Ellin tiene la inmunidad esta ronda —anunció—. Ahora, para el resto de ustedes...

Levantó la Daga de la Caza en el aire según la ceremonia a la que ella se había acostumbrado, y esta vez la hoja fue directa hacia Sevin, que sonrió.

Knox le hizo se?as para que continuara.

—?Juego?

—Confinamiento solitario —respondió Sevin antes de mirar a Genevieve con un gui?o. —Considéralo mi regalo de cumplea?os, Vivi. De nada.

—Bueno, los veré luego, imbéciles. —Ellin bostezó mientras se alejaba—. Voy a darme un ba?o de burbujas muy largo. Así que ni se les ocurra irrumpir en mi habitación.

Todos se dispusieron a marcharse, salvo Sevin, que tuvo que esperar diez minutos antes de perseguirlos. Rowin condujo a Genevieve en silencio hacia las escaleras. En lo alto, Umbra les esperaba.

—?Confinamiento solitario? —preguntó finalmente—. Eso significa que tenemos que elegir una habitación y quedarnos allí, ?verdad?

Era uno de los diferentes tipos de juego que él le había explicado antes de su boda. Ahora, mientras la guiaba por el pasillo de puertas, no se molestó en contestar.

—Te comportas como un bebé —murmuró ella en voz baja mientras él iba a abrir una puerta a su izquierda.

Antes de que pudiera, sin embargo, ella se deslizó entre él y la entrada y dijo:

—No voy a entrar hasta que me hables.

—Genevieve, tenemos ocho minutos para elegir un lugar donde escondernos —advirtió.

—Vaya. Te rindes al tratamiento de silencio muy fácilmente —comentó—. Tendrías que haber visto cuánto aguantaba mi madre con eso.

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