Enchantra (Wicked Games, #2)(94)



La fulminó con la mirada antes de agarrarla de la mano y tirar de ella por el pasillo hasta el tocador de arriba, donde la había encontrado junto a Cedric durante la mascarada.

Mientras él cerraba la puerta, ella preguntó:

—?Significa esto que vamos a tener que estar aquí encerrados toda la ronda?

—La magia no nos encierra hasta que se acaba nuestro tiempo de espera —le dijo, usando una toalla de mano para cubrir el espejo del tocador. Se volvió hacia ella y se cruzó de brazos—. Has rebuscado entre mis cosas.

—Bueno, sí, ya te lo dije antes —le recordó ella.

—Volviste a repasarlas —aclaró.

—Tal vez —admitió ella, girando su sello alrededor de su dedo.

—Esas cartas no eran para que las vieras —le amonestó, aunque el atisbo de culpabilidad en sus propios ojos le quitó todo el calor a sus palabras—. ?Has sabido lo del maleficio todo este tiempo?

El maleficio. Quiso decir...

—Espera, espera, espera —dijo, un poco sin aliento ahora—. ?Estás hablando del maleficio de la invitación que me trajo aquí? ?Esos malditos cuervos eran obra tuya?

Recordó un pensamiento fugaz que había tenido cuando encontró por primera vez las cartas a sus hermanos, cómo la letra le parecía extra?amente familiar...

La invitación.

—?Fuiste tú quien me invitó aquí? —se dio cuenta.

—Dije que eras mi carga —razonó—. Por la forma en que llegaste aquí. Nunca quise que pasara esto. Mi padre nunca iba a leer las cartas, Genevieve, y aunque lo hubiera hecho, habría reconocido que la letra no era la de tu madre. También fue lo primero que comprobé. Pero llevo tanto tiempo tratando de encontrar gente que me ayude a encontrar la cura. Y aunque me diera cuenta de que no era Tessie la que me escribía, pensé que tal vez Ophelia...

El mundo se inclinó alrededor de Genevieve, y ella retrocedió un paso tambaleándose.

—?Ophelia?

—Supuse...

—Por supuesto que esa invitación iba dirigida a Ophelia. —Genevieve se rio—. Por supuesto. Porque ni siquiera una maldición podría haber estado destinada a mí.

—Genevieve, no sabía que existías —argumentó—. ?Tienes idea de lo agradecido que estoy de que fueras tú quien cruzara esa puerta y...

—No —interrumpió ella—. No hagas eso. No me mientas. Tú querías que me fuera. Estabas enfadado porque desobedecí tus exigencias de irme.

—Sí, lo estaba —aceptó—. Hasta que te conocí. Eres testaruda, dura y decidida, y puede que seas mi única oportunidad de librarme de este juego. Envié esa invitación porque estoy tratando de salvar a mi familia. No puedo disculparme por eso.

—Entonces al menos deberías disculparte por mantenerlo en secreto —le dijo—. Tú eres el que habla de generar confianza y, sin embargo, sigues ocultándome secretos.

—Lo sé —dijo—. Pero durante mucho tiempo he estado viviendo en este infierno. Completamente solo o con mi familia intentando matarme. Y está claro que eso ha dificultado mi capacidad para empezar a confiar en alguien por mucho que lo intente. Puede que te resulte fácil hablar conmigo de cualquier cosa pero...

—?Sólo parece fácil porque, de alguna manera, has empezado a gustarme, Rowin! —le dijo—. ?Sabes la parodia que es eso? La última vez que abrí mi corazón a alguien él... él...

—Yo no soy él —gru?ó Rowin—. Quiero encontrarlo, desollar toda la carne de su cuerpo y prenderle fuego por lo que te hizo. Nunca me compares con él.

Ella tragó saliva ante la convicción en su voz, la verdad. Aun así, dijo:

—Tú no eres él. Pero cuando me enamoré de él, ?crees que parecía la persona que resultó ser? Me dijiste que no confiara en mi corazón aquí, así que todo lo que tengo es que confiar en tus acciones, en lo que me dices, en lo que omites. Te he dado confianza, mis votos matrimoniales, mi lealtad en este juego. ?Qué me has dado a cambio? Y no te atrevas a decir nada que tenga que ver con el sexo.

La mirada que le dirigió fue bastante exasperada, pero se limitó a decir:

—Tienes razón.

No se lo esperaba.

—Debería haber encontrado tiempo para decirte que yo escribí la invitación. Probablemente debería haberme esforzado más para que te fueras en primer lugar. Pero necesito que sigas intentando confiar en mí. ?Otra oportunidad?

Ella tragó saliva. Parecía sincero.

—Tenemos que volver a las habitaciones encantadas —le recordó ahora—. Vamos.

La condujo de nuevo al pasillo y a la misma habitación que había estado dispuesto a elegir antes. Cuando abrió la puerta y la condujo al interior, se quedó boquiabierta ante la escena que les rodeaba.

Un bosque sombrío, hecho enteramente de retorcidos árboles negros y... espejos.

Fantástico.

Los espejos la reflejaban a todas partes, manifestando veinte versiones diferentes de ella. Ninguna de ellas era del todo correcta. Los árboles tenían ramas enmara?adas que caían hasta el suelo. Sus ramas, con hojas grises y de ébano del tama?o de su cabeza, le recordaban a los robles de su pueblo. Fáciles de trepar, goteaban musgo esponjoso.

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