Enchantra (Wicked Games, #2)(97)
Se colocó justo delante de ella y la empujó suavemente con el pie. Ella obedeció a pesar de la falta de indicaciones verbales.
—Zorro dice —se inclinó hasta que su boca estuvo cerca de su oreja, el metal de su piercing frío contra su piel caliente y haciéndola temblar—, pon un dedo dentro de ese hermoso co?o para mí.
Se humedeció al instante. No debería haberle sorprendido que un ser del Infierno pudiera tener una boca tan perfectamente pecaminosa, pero la forma en que él podía provocar en ella una reacción tan potente con sólo unas pocas palabras la conmocionaba cada vez.
Hizo lo que él le decía, bajando un dedo para introducirlo en su interior, una, dos veces, antes de deslizarlo para dibujar un círculo resbaladizo contra el apretado y palpitante manojo de nervios que tenía entre las piernas.
—No lo creo —le reprendió, sacando la mano para agarrarle la mu?eca—. No he dicho que te toques ahí. Si no juegas correctamente, te voy a castigar.
—Eso sólo hace que quiera hacerlo más —respiró.
Emitió un sonido bajo y gutural en el fondo de su garganta antes de advertir:
—Compórtate, “Problemas”, o nuestro jueguito no durará lo suficiente para que ninguno de los dos consiga lo que quiere.
Ella le sacó la lengua a la orden, y para su sorpresa él se la mordió. Con fuerza. Ella chilló de asombro mientras se la arrancaba de entre los dientes, chupando la herida mientras él sonreía.
—Compórtate —volvió a advertir.
Su cuerpo prácticamente vibraba por las ganas que tenía de estrangularlo y follárselo allí mismo. ?l le soltó la mu?eca y ella volvió a su tarea, metiéndose un dedo y jadeando por lo mojada que estaba.
—Bien —murmuró—. Ahora, pruébate.
No lo dudó, volvió a sacar el dedo y se lo llevó a la boca, succionando su brillante excitación con un gemido.
Una carcajada sonó en su pecho y ella se quedó helada, dándose cuenta de su error. No dijo “Zorro dice”.
Se arrodilló lentamente ante ella.
—Realmente eres una glotona de los castigo, ?no?
No estaba segura de si debía decirle que verlo arrodillarse era lo contrario de un castigo. Un segundo después, sin embargo, la punta de su lengua trazaba un círculo lento y burlón alrededor de su clítoris, y cualquier otro pensamiento desapareció de su cabeza.
Ella hundió las manos en su cabello, necesitando algo para mantenerse firme mientras él la mordisqueaba y chupaba. Sus piernas empezaron a temblar mientras su boca se movía contra ella, su lengua penetrándola expertamente de una forma que le hizo poner los ojos en blanco. Sólo tardó un momento en llegar al borde del clímax, y apretó las manos en el cabello de él mientras se preparaba para caer... y entonces se detuvo.
Se apartó y se levantó, relamiéndose los labios mientras sonreía ante la expresión enfurecida de ella.
—Castigo, ?recuerdas?
—Esto no es un castigo, es una tortura —gru?ó.
La ignoró mientras ordenaba:
—Zorro dice que te pongas de rodillas.
Se cruzó de brazos, negándose a moverse mientras él caminaba detrás de ella, mirándola a través de sus reflejos enmascarados. Se preguntó cuántos otros pares de ojos los estarían mirando en ese momento, si alguno de los admiradores de Rowin del baile estaría entre ellos, observando cómo ella estaba a punto de conseguir lo que tantos probablemente habían anhelado durante a?os.
Pero es mío.
Su compa?ero. Su amante. Su marido.
Dio un paso adelante para apretar la longitud de su cuerpo contra la espalda de ella, con la polla dura contra la parte baja de su espalda a través de los pantalones, y ella vio en el espejo cómo él se acercaba para rodearle el cuello con una mano. Le dio besos en el hombro a través de mientras le apretaba el cuello con autoridad.
—Estás siendo una mocosa, otra vez —murmuró contra su piel—. Puedes escucharme o decirme que pare.
Ella no quería escuchar. Tampoco quería que se detuviera. Jamás. Y la guerra de esos dos hechos luchó dentro de ella antes de que finalmente, lentamente, se arrodillara en el suelo. ?l retiró la mano de su garganta mientras ella se arrodillaba, permaneciendo de pie mientras separaba sus rodillas lo suficiente como para poder acceder a su sexo desde atrás. Ella vio cómo se le entreabría la boca en el espejo y se le agitaba el pecho cuando él se desabrochó los pantalones y se los bajó lo suficiente para dejar al descubierto su gruesa polla. Los cincelados músculos de su abdomen se flexionaron mientras se metía la polla en el pu?o, una, dos, tres veces, y los tatuajes de su pecho y estómago se retorcían con sus movimientos. Fue entonces cuando ella se fijó en el aro dorado que tenía en la cabeza de la polla.
Santo cielo.
Cuando por fin se arrodilló detrás de ella, con la punta rozándole la entrada, el metal de su piercing la hizo jadear mientras él le pasaba un brazo por el vientre y levantaba la mano para pellizcarle un tenso pezón, mientras con la otra le enredaba el cabello en los nudillos para poder inclinarle la cara hacia un lado. Le dio un beso abrasador en la boca mientras tiraba con fuerza de sus rizos, arrancándole un fuerte gemido de la garganta.