Enchantra (Wicked Games, #2)(100)
Sevin dijo algo más, pero fuera lo que fuera, ella no lo oyó. Ya estaba despegando; un pie delante del otro bajaba por la rama como por la cuerda floja.
—Eh —gritó Sevin mientras subía tras ella.
El equilibrio de Genevieve siempre había sido mejor que el de la mayoría, ayudado por el hecho de que no era tan alta como su hermana. Se tambaleó un poco cuando la rama se estrechó hacia el final, pero siguió adelante. Sevin aterrizó en la rama detrás de ella, saltando un par de veces para hacerle perder el equilibrio. Se dejó caer para agarrarse a ella con las manos antes de caer.
—Sigue moviéndote —sonó la voz de Rowin desde abajo.
Se inclinó para mirar hacia el suelo del bosque y lo vio al instante en las sombras del suelo, con la mandíbula apretada mientras observaba a su hermano detrás de ella. Respiró hondo y empezó a arrastrarse hacia delante, con la delicada tela de su vestido enganchándose en la rama y las manos y las rodillas rozándole dolorosamente la áspera corteza. Cuando miró a Sevin por encima del hombro, vio que tenía las manos metidas en los bolsillos y que la gravedad no parecía estorbarle mientras avanzaba hacia ella. Avanzó dando tumbos, tomando impulso cuando llegó al final y saltó de su rama al siguiente árbol.
—Baja —la llamó Rowin, y ella supo que debía hacerle caso. Volver a tierra firme donde él pudiera alcanzarla. Pero algo dentro de ella le pedía a gritos que llegara hasta el espejo que había visto.
A pesar de la extra?eza de los otros espejos, seguían reflejando sus propios movimientos.
Empezó a subir de nuevo.
Rowin maldijo.
—Maldita sea, Genevieve, ahora no es el momento de darme problemas.
Sevin se río.
—No le hagas caso, cari?o. En secreto le gusta que le desafíen. Le excita.
—Te prometo que no es un secreto —le dijo mientras se levantaba justo cuando Sevin saltaba al otro lado.
Estaba a sólo unos segundos de atraparla, probablemente ya podría haberla atrapado si se hubiera esforzado de verdad, pero no parecía pensar que hubiera otro lugar al que pudiera ir. Cuando se giró sobre la rama para mirarse de frente al espejo, el corazón se le aceleró por la sensación de hormigueo que le produjo. Allí estaba ella, dentro de la superficie de cristal, sin ningún detalle fuera de lugar, excepto por el hecho de que el reflejo parecía tener mente propia. Genevieve levantó la mano hacia la superficie -la versión de sí misma en el espejo observaba atentamente sus acciones, pero se negaba a seguirlas-y apoyó las yemas de los dedos en el frío cristal.
La superficie se onduló y ella jadeó, sintiendo la cálida sensación de la magia zumbando sobre su piel mientras empujaba la mano hacia delante, hasta que la absorbió por completo.
Sentía un pitido agudo en los oídos.
Genevieve se encontraba en una versión inquietantemente silenciosa del bosque del que acababa de salir. Lo primero que notó fue el silencio. No percibía nada a su alrededor. El olor de las hojas y del petricor había desaparecido, la leve brisa que serpenteaba entre los árboles era inexistente. Incluso el árbol sobre el que estaba de pie, una réplica directa del de hace un momento, era de alguna manera una versión menor de sí mismo.
Y luego estaba ella.
La impostora erizó la piel de Genevieve. Su mirada era del mismo color azul que la suya, pero estaba en blanco. Como si no hubiera un solo pensamiento detrás de sus ojos.
—?Hola? —Genevieve susurró.
—?Hola? Hola? Hola? Hola? Hola? Hola? ?Hola? —repitió como un loro la impostora.
El sonido punzante en sus oídos empeoró.
—Para —suplicó Genevieve mientras se taponaba los oídos con los dedos.
—Para. Para. Para. Para. Paren. Para. Para.
Genevieve se abalanzó hacia delante con la intención de taparle la boca con la mano para que dejara de hablar. Pero en cuanto tocó su piel, comenzó la pesadilla.
Contempló horrorizada cómo el exterior de la impostora empezaba a parpadear, revelando una monstruosa criatura sombría bajo su superficie. Cuando la réplica de su propio rostro se desvaneció, la criatura sin rostro emitió un sonido grave que la hizo estremecerse de terror. Su nueva forma era casi transparente, como una especie de aparición.
Hora de irse.
Pero antes de que pudiera volver al espejo, algo carmesí brilló en la cavidad torácica del monstruo, entre las sombras que se retorcían sobre su forma.
La ficha.
Tragó saliva mientras se solidificaba en una piedra con forma de corazón negro. Era la segunda vez que arriesgaba su vida por un día de inmunidad en el juego.
Pero qué gran regalo de cumplea?os sería tener un día libre.
Maldita sea.
—Aquí no pasa nada —murmuró.
En cuanto las palabras salieron de sus labios, la criatura lanzó un aullido monstruoso. Apretó los dientes contra el sonido y se lanzó hacia delante, hundiendo la mano en su pecho y tanteando hasta que agarró la ficha. En cuanto la tuvo en sus manos, la criatura volvió a ser sólida.